Revista del CEIde la UIT-CI


 

El PLAN IMPERIALISTA CONTRA COLOMBIA

Rodrigo Ayala

A finales de 1999, el gobierno de los Estados Unidos elaboró, en inglés, el primer borrador del componente militar del Plan Colombia. Durante el primer semestre del 2000, al gobierno de Pastrana le correspondió la tarea de maquillarlo con un plan coherente de inversión social y de promoción de los derechos humanos y las libertades democráticas, que lo hiciera digerible para la comunidad internacional y el propio pueblo colombiano. Y, el pasado 27 de septiembre, con las rúbricas del Ministro de Relaciones Exteriores de Colombia y el Embajador Norteamericano en Bogotá, se "oficializó" el inicio de la ejecución de tan tenebroso Plan.
De los objetivos del Plan se han escuchado variadas versiones, que van desde las candorosas afirmaciones de querer liquidar el multimillonario negocio del narcotráfico y aniquilar los carteles de la droga, hasta las inquietantes premoniciones de una clara intención del Gobierno de los Estados Unidos y el Pentágono, de querer vietnamizar el conflicto armado que existe en el país, liquidar el proceso de negociación de paz en curso y derrotar militarmente a la guerrilla de las FARC.
Como escribe Daniel Samper Pizano, columnista del diario El Tiempo y hermano del ex presidente Ernesto Samper, en un artículo titulado con el nombre de "Plan Colombia: ¿qué versión quiere usted ?", afirma que "nunca antes en nuestro país algo tan importante ha estado rodeado de tanta desinformación, vacíos, engaños y contradicciones. Sólo después de chapotear por los densos y oscuros pantanos de este proyecto es posible entender que no existe un solo Plan Colombia, sino varios". En realidad, se trata de un plan global de injerencia política, económica y militar del imperialismo.

Zanahoria y garrote contra la revolución en Colombia
La crítica situación que vive Colombia la ha convertido en punto de referencia a nivel mundial y, por ende, tema de preocupación del imperialismo norteamericano. Varios elementos la hacen acreedora de tal protagonismo: la consideración de que el conflicto interno amenaza la seguridad interna de los Estados Unidos; que el ascenso revolucionario y la confrontación armada logren transgredir las fronteras nacionales colocando en grave peligro la estabilidad hemisférica y que el régimen y el gobierno colombiano, al servicio de los capitalistas y el imperialismo, se vean superados por la acción revolucionaria de las masas.
La administración Clinton, plenamente consciente de los riesgos que se corren, no ha dudado en conducir la mano del presidente Pastrana para que redacte y ejecute el Plan Colombia que, según sus propias palabras, es un "Plan (que) prevé una estrategia sólida, multifacética, que Estados Unidos debe apoyar con ayuda sustancial. Tenemos un interés nacional apremiante en la reducción de la corriente de cocaína y heroína hacia nuestras costas, y en la promoción de la paz, la democracia y el crecimiento económico en Colombia y en la región. Dada la magnitud del problema del tráfico de drogas y las actuales dificultades económicas por las que atraviesan, ni el gobierno de Colombia ni sus vecinos pueden asumir toda la carga" .
Como puede observarse, la cortina de humo tras la cual se pretende incrementar la injerencia yanqui en los asuntos domésticos colombianos y de la región, es el supuesto combate al narcotráfico. Pero su verdadera intención es apoyar el vetusto establecimiento institucional que en Colombia se encuentra en franca crisis; sostener al gobierno de Pastrana, odiado y confrontado por las masas; imponer las recetas del FMI y mantener su control por la vía de la deuda externa; y apuntalar a las fuerzas armadas para que estén en condiciones de enfrentar a las masas campesinas y urbanas movilizadas y el creciente accionar de las organizaciones insurgentes.
El Plan sintetiza la más poderosa estrategia del imperialismo contra la revolución en curso en Colombia, mediante la cual pretende recomponer el régimen democrático burgués, sus instituciones y, en particular, el aparato militar; incrementar la dependencia económica; a la vez que apoya los procesos de concertación con las direcciones burocráticas del movimiento de masas y las negociaciones de paz con la guerrilla colombiana.
Con ello pretende contener el ascenso en las luchas de los trabajadores de la ciudad y el campo, mientras que aspira restarle capacidad ofensiva a la guerrilla, desconectarla de su base social que se encuentra sustentada entre millares de campesinos pobres de las regiones de frontera agrícola y/o ligadas a cultivos ilícitos (árbol de coca y flor de amapola) y limitar el sustento económico que le proporciona el narcotráfico. Todo esto encaminado a propinarle fuertes golpes que la dejen en condiciones desfavorables en el proceso de negociación, en el cual la dirección de las FARC está comprometida.
Aunque la política del imperialismo no es jugarse a la aventura militar de derrotar a la guerrilla colombiana generalizando la confrontación armada en el territorio nacional, sino la de golpearla para imponerle sus condiciones en la mesa de negociación, no se puede descartar que el ascenso de masas, y la propia situación de la guerrilla, lleve a que el imperialismo modifique esta política global de negociación y dé vía libre a una intervención militar directa.

La zanahoria: recomponer el régimen democrático burgués y apoyar la negociación y la concertación con las direcciones mayoritarias
El imperialismo norteamericano y, con mayor énfasis el europeo y japonés, han insistido en la necesidad de que en Colombia se superen las condiciones permanentes de violación de los derechos humanos, del derecho internacional humanitario y se le ponga freno al accionar de las bandas paramilitares.
Pero más allá de esta letanía, la preocupación que atormenta al imperialismo es que las instituciones del régimen colombiano se encuentran al borde del colapso y sin capacidad de respuesta frente al poderoso ascenso en las luchas que agitan el país. La figura presidencial es odiada y totalmente cuestionada. Al parlamento se le identifica como el principal foco de corrupción. Existe una justicia permisible, al servicio de los intereses de los ricos del país y la impunidad es su signo distintivo. Las cortes, Constitucional, de Justicia y de Estado, enfrentan permanentes roces, cuestionando la legitimidad de las decisiones tomadas y abriendo grandes espacios por los que se cuela la protesta obrera y popular. Y las fuerzas armadas no logran sobreponerse al desprestigio y el hastío que produce una confrontación irregular con fuerzas insurgentes durante cincuenta años.
Los partidos políticos viven sus más difíciles días. En las elecciones municipales y departamentales del 29 de octubre último, han salido fuertemente debilitados, dado que las masas empiezan a romper políticamente con ellos. La muestra palpable es que el partido de gobierno sólo ganó 2 alcaldías de 1.089 en disputa.
El tanque de oxígeno del imperialismo va dirigido, en primer lugar, a la burguesía colombiana para que recomponga el andamiaje institucional. Para lograrlo, orienta a las distintas facciones a superar los roces internos mediante la conformación de un Frente Común por la Paz y la Gobernabilidad; agitar las banderas de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario; depurar las fuerzas armadas de militares ligados al narcotráfico, los paramilitares y las masacres; y utilizar la demagogia de la democracia, para hacer más creíbles sus planes.
De manera complementaria, intenta comprometer a las direcciones mayoritarias del movimiento de masas para que participen de los procesos de concertación, con el fin de que los planes económicos, políticos, militares y sociales del gobierno pasen sin ninguna confrontación. Y, más a fondo, se juega a la negociación de la paz con las organizaciones guerrilleras, cediendo un espacio de territorio significativo donde no se produce confrontación militar, para concretar unos acuerdos que permitan desactivar la lucha insurgente e incorporar a la dirigencia guerrillera al régimen. Pero tampoco les esta resultando fácil cerrar un acuerdo definitivo. No por la voluntad de las direcciones sino por el peso del ascenso y las contradicciones del imperialismo y del gobierno de Pastrana que siguen alimentando a los grupos paramilitares que asesinan a dirigentes sindicales, universitarios o populares, buscando debilitar las luchas. Por eso, a mediados de noviembre, las FARC se vieron obligadas a congelar el diálogo de paz, provocando una crisis a las negociaciones que nos es difícil prever dónde puede terminar, debido a que el Ministro del Interior, Humberto de la Calle, se reunió con el jefe del grupo paramilitar Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), dándole de hecho un reconocimiento público.

El garrote del Plan Colombia
El Plan, concebido para "la Paz, la prosperidad y el fortalecimiento del Estado", según la presentación que de él han hecho el gobierno de Pastrana y de Clinton, tiene un costo de 7.500 millones de dólares, de los cuales 3.500 serán de ayuda externa y 4.000 saldrán del presupuesto nacional durante los próximos seis años. Lo que significará mayores ajustes para el pueblo.
El imperialismo norteamericano, con pleno respaldo de los partidos Demócrata y Republicano, destinará 1.600 millones de dólares para apoyar la ejecución del Plan. Estos recursos, que se suman a los 150 millones de dólares que anualmente el gobierno de los Estados Unidos entrega al ejército colombiano, servirán para ayudar la acometida del gobierno colombiano en las regiones del sur de Colombia donde se cultivan drogas y que ahora controlan las guerrillas insurgentes. Los fondos ayudarán a conformar y entrenar batallones antinarcóticos especiales, a comprar 30 helicópteros Blackhawk y 33 helicópteros Huey y a proveer todo tipo de apoyo logístico para garantizar las fumigaciones y el enfrentamiento a las organizaciones guerrilleras y de narcotraficantes que se resistan al plan de erradicación de cultivos ilícitos.
El Pentágono ha montado un dispositivo militar con sede de operaciones en la base instalada en Manta (Ecuador). Desde allí se asesora al ejército colombiano para el montaje y entrenamiento de nuevos batallones especializados para enfrentar la insurgencia armada y las mafias del narcotráfico, se adiestra a soldados para que piloteen los aviones "Fantasma" y helicópteros de combate; se brinda el apoyo a los ejércitos de Ecuador y Perú para contener los procesos migratorios de colombianos desplazados por el conflicto interno y se hace el monitoreo permanente, vía satélite, de todos los movimientos aéreos y terrestres para impedir la salida de cargas de cocaína y heroína o la llegada de armamento y municiones para las organizaciones insurgentes.
Sobre la base de este dispositivo, el ejército colombiano desarrolla la fumigación de extensas áreas del sur-occidente del país, con productos químicos y el hongo Fusarium oxisporum, cuya capacidad destructora atenta contra la salud humana y de las diversas especies animales, contamina las fuentes de agua y constituye un serio peligro para el ecosistema amazónico, originando, como resultado "esperado", el éxodo masivo de familias campesinas hacia los países limítrofes o ciudades intermedias colombianas, como Pasto, Florencia, Neiva, Ibagué, que alimentará sin duda la grave crisis social que vive el país.
Paradójicamente, estos fuertes operativos de erradicación y/o control de áreas con plantaciones ilícitas no se contemplan o no serán tan contundentes en zonas como las del Catatumbo, al nor-oriente del país, en el sur del departamento de Bolívar y en la parte media de la cuenca del río Magdalena, donde existe fuerte presencia paramilitar, que lucra de la actividad del narcotráfico como lo ha confesado su jefe Carlos Castaño.

Un Plan al servicio del control de una zona estratégica
La aguda crisis económica que vive el país, la más importante en 80 años, también es tema de preocupación del imperialismo. De los años dorados a principios de la década de los 90, cuando bajo el gobierno de César Gaviria se inició la entrega de las empresas estatales a los capitales internacionales, hoy sólo quedan las ruinas de un aparato productivo totalmente paralizado, un sistema financiero con pérdidas billonarias, la quiebra del sistema de crédito agrario y, por ende, del campo colombiano, un desempleo que ronda el 21% de la población económicamente activa y una galopante deuda externa que, en sólo dos años de mandato de Pastrana, aumentó en 5.500 millones, llegando a 38.000 millones dólares.
Las enfermedades, erradicadas hace muchos años, hacen estragos; el 55% de la población vive en la miseria; el salario mínimo mensual, que cobran 4 millones de personas, no sobrepasa los US$130; se cierran centros educativos, clínicas y hospitales y escasean las fuentes de empleo de manera alarmante.
El imperialismo y la burguesía colombiana pretenden continuar con las compras a precio de remate e incrementar la inversión extranjera, pero tienen el grave inconveniente que el país es considerado por las empresas evaluadoras internacionales como de alto riesgo, lo cual no posibilita la inyección de capitales frescos que incentiven la producción y se supere la grave crisis económica.
Pero el Plan Colombia también se propone garantizar el control de miles de hectáreas que han sido colonizadas por campesinos pobres y de una región con inmensas reservas de hidrocarburos. El departamento del Putumayo, en la selva amazónica, posee casi 100.000 nuevas hectáreas cultivadas por miles de familias con productos de pancoger, tras las cuales se encuentran gremios como FEDEPALMA (Federación de Cultivadores de Palma Africana), AUGURA (gremio de los productores de banana) y FEDEGAN (gremio ganadero), que pretenden imponer una contrarreforma agraria en la cual se sustituya la producción campesina por el dominio de grandes cultivadores que se beneficiarían de la mano de obra campesina e indígena con renovadas y "modernas" formas de servidumbre .
Pacificar el país y garantizar el control de estas zonas estratégicas es, entonces, objetivo prioritario de los gobiernos de Pastrana y Clinton, para darle continuidad a las privatizaciones que hoy se encuentran empantanadas, asegurar el pago de los servicios de la deuda externa que consume 9 mil millones de los 28 mil millones de dólares que constituyen el presupuesto nacional, recuperar el sistema financiero y controlar una zona de inmensos recursos naturales que hoy se encuentra en poder de miles de familias campesinas que se dedican a los cultivos prohibidos.
Las recetas del FMI, encaminadas a disminuir el déficit fiscal, reducir el costo de la mano de obra por la vía de la congelación salarial, legalizar impuestos como el 3x1000 que se efectúa por cada transacción financiera y achicar el Estado despidiendo a miles de empleados públicos, conforman la otra columna de los planes de contrarrevolución económica que el imperialismo y sus lacayos colombianos, pretenden aplicar a costa de sumir en la miseria a la población colombiana.

Desactivar las luchas en curso
El país asiste desde 1995 a un ascenso generalizado en las luchas de los trabajadores de la ciudad y el campo. Movilizaciones campesinas con cortes de ruta, paros nacionales por semanas de empleados públicos, dos paros nacionales convocados por las centrales obreras agrupadas en el Comando Nacional Unitario, levantamientos urbanos contra la privatización y el encarecimiento de las tarifas de los servicios públicos, tomas de sedes de entidades nacionales e internacionales por parte de familias desplazadas por la violencia y paros cívicos a nivel local, departamental o regional, son las expresiones más comunes de las luchas del pueblo colombiano.
Las luchas trascienden lo reivindicativo y cuestionan de fondo las políticas económicas, sociales y militares del gobierno colombiano y la intromisión norteamericana, como se expresó en la lucha contra el Plan Nacional de Desarrollo o en las movilizaciones celebradas con ocasión de la visita de Bill Clinton a Colombia. Las masas movilizadas ya no se contentan con promesas como en épocas anteriores sino que exigen la presencia de funcionarios del gobierno con capacidad de negociación y el cumplimiento efectivo de los acuerdos.
Pese a la represión, la acción criminal de las bandas paramilitares y la ilegalización de la protesta obrera, campesina y popular, cada día se suman nuevos destacamentos a la lucha en demanda de solución a sus necesidades más sentidas. No hay semana que, en las principales ciudades del país o centros agroindustriales, no se registren movilizaciones y expresiones de protesta.
Al gobierno y al régimen no les ha quedado más remedio que aceptar las diversas acciones de protesta, lo que anima a las bases gremiales que, con su accionar, la mayoría de las veces logran triunfos.
Sin duda, el movimiento campesino ligado a los cultivos ilícitos y los empleados estatales constituyen la vanguardia de estas imponentes luchas, que logran golpear a la institucionalidad e incrementar los roces interburgueses. En estos sectores se juega la suerte de la construcción de la dirección revolucionaria que conduzca exitosamente al pueblo colombiano en su lucha contra los planes del imperialismo y las clases dominantes en Colombia.
El Plan Colombia pretende desactivar las contundentes acciones del movimiento de masas invitando a Palacio de Gobierno a los dirigentes de las centrales obreras para comprometerlos en procesos de concertación; pactando por separado pequeñas concesiones a los gremios del magisterio, la salud, telecomunicaciones y petroleros, a la par que intenta dividir las luchas en curso y golpear a los sectores más dinámicos del movimiento obrero y popular, cerrando empresas y despidiendo trabajadores.
Su estrategia es impedir, a toda costa, la unidad obrera y campesina, que es la clave de las luchas del pueblo colombiano en la actualidad. Lastimosamente, las direcciones del movimiento de masas en la ciudad y el campo no tienen una política que apunte en esta dirección y cada una de ellas hace hasta lo imposible para evitar que todas las luchas se unifiquen. El Comando Nacional Unitario no tiene una política para hacer suyas las reivindicaciones de los pobres del campo y dirigir consecuentemente su lucha, mientras que las direcciones de las organizaciones guerrilleras se coloca a un lado de las grandes acciones convocadas por el movimiento obrero y sindical.

Diezmar la capacidad ofensiva guerrillera, golpeando su base social y económica
Como parte de las luchas del pueblo colombiano, las acciones de las organizaciones guerrilleras se erigen como uno de sus componentes más importantes. Las FARC superó la etapa de crisis política y militar vivida bajo el gobierno de Gaviria, multiplicó sus efectivos militares, ha hecho presencia en importantes zonas donde no la tenía; ha logrado un fuerte equipamiento y, durante todo el tiempo de negociación, ha sacado los mayores réditos frente a un gobierno que cada vez es más débil y que sólo tiene en las negociaciones con la guerrilla la única bandera para mostrar a nivel nacional e internacional.
La recuperación de las FARC está ligada a las movilizaciones campesinas que enfrentaron las fumigaciones y la represión militar en zonas de plantaciones ilícitas, lo cual -además de garantizarle una importante base social- le asegura importantes medios económicos para enfrentar en mejores condiciones al ejército nacional.
Conquistas importantes como la definición por parte del gobierno de un área de despeje donde no se desarrolla confrontación militar para desarrollar los diálogos, los duros golpes que le propina al ejército en zonas periféricas y la importante cobertura política a nivel internacional también son expresión de su fortalecimiento.
Conscientes de esta situación, el gobierno y el imperialismo pretenden, con el Plan Colombia, desarrollar una fuerte ofensiva sobre sectores del campesinado ligado al cultivo de plantas de coca y amapola, que son sin duda la vanguardia de las luchas que se presentan en el campo colombiano. Sobre esas zonas, el gobierno arreciará las fumigaciones, incrementará el desplazamiento forzado de millares de familias e intentará desarticular la resistencia mediante el montaje de fuertes operativos militares asesorados directamente por especialistas del ejército norteamericano que han tenido a su cargo el montaje de tres nuevos batallones y el adiestramiento de cientos de soldados profesionales.
El objetivo salta a la vista: se trata de menguar la capacidad de lucha y movilización de los campesinos ligados a los cultivos "ilícitos", principal nutriente y mayor fuente de financiamiento de las FARC en los últimos cinco años, para diezmar la capacidad ofensiva de la guerrilla, propinarle golpes militares y continuar las negociaciones en condiciones más favorables para la burguesía y el imperialismo.
Esta ofensiva no pretende la derrota militar de la guerrilla ni va a contramano de los procesos de negociación, como lo afirman diversos analistas políticos y como lo han dejado entrever en varias oportunidades las direcciones guerrilleras.
A pesar que una considerable proporción de los recursos del Plan Colombia están destinados a la creación de nuevos batallones, a la adquisición de una flotilla de helicópteros para adelantar la persecución "en caliente" de la guerrilla y las bandas de narcotraficantes y a la profesionalización del ejército colombiano, ello no significa que el propósito sea el de teledirigir una guerra frontal que conlleve al aplastamiento militar de la guerrilla.
El imperialismo norteamericano ha apoyado y bendecido el proceso de negociación. No por casualidad, altos dignatarios de su gobierno y personalidades del mundo de los negocios han hecho presencia en la Zona de Distensión. Incluso se han entrevistado directamente con dirigentes de la guerrilla en San José de Costa Rica, lo que muestra a las claras que su política privilegiada para resolver la crisis del país pasa por lograr un sólido acuerdo que permita que las FARC se incorporen al régimen y hagan parte del juego democrático burgués como se hizo en su momento con el M-19 en Colombia, con el FMLN en el Salvador, el FSLN en Nicaragua o con la URNG en Guatemala. De manera complementaria, el imperialismo norteamericano y europeo refuerzan su política de zanahoria con el "condicionamiento" de entregar nuevos recursos al gobierno de Pastrana, siempre y cuando se protejan los derechos humanos y se respete el Derecho Internacional Humanitario, tratando de enchalecar al resto de las direcciones del movimiento de masas que no están comprometidas en la confrontación militar.
Pero lo que también tiene claro el imperialismo es que las condiciones en la negociación las ha venido imponiendo la guerrilla, fortalecida por el incremento de las luchas y por la debilidad del gobierno y el desgaste del ejército nacional, que acusa cansancio y desmoralización luego de tantos años de confrontación.
En consecuencia, el 25 ó 30% de los recursos del Plan Colombia que serán utilizados en el componente militar, obedece en lo fundamental al propósito de lanzar una ofensiva política y militar contra la guerrilla que le permita propinarle importantes golpes, restarle capacidad de acción ofensiva, desarticularle sus fuentes de financiación y desligarla de su base social, lo que sin duda favorecerá al imperialismo y la burguesía colombiana para imponer sus condiciones a la dirección de la guerrilla en la mesa de negociación.
Los dividendos obtenidos por el imperialismo en la aplicación de esta política de negociación los sintetiza muy bien James Petras, al hacer una evaluación de los resultados de las negociaciones entre el imperialismo y las organizaciones guerrilleras: "Posteriormente, con los así denominados Acuerdos de Paz, éstos países (Nicaragua, Guatemala y El Salvador) devastados se transformaron en paraíso de especuladores; los pobres campesinos se quedaron sin tierras; los que atropellaban los derechos humanos se mantuvieron en el poder y los oligarcas volvieron a reclamar sus propiedades desde Miami. Los antiguos comandantes guerrilleros se adaptaron sin gran esfuerzo a sus nuevos cargos en el Parlamento, llegaban a acuerdos con los políticos de derecha, cobraban unos sueldos sustanciosos, vivían protegidos por las alambradas de espino y los altos muros de las villas, mientras las clases populares se abstienen de participar en los procesos electorales.."
Pero, como marxistas, tampoco podemos descartar que el imperialismo modifique sustancialmente su política de negociación y se incline por una intervención militar directa a través de sus tropas ante la eventualidad de que el ascenso del movimiento de masas se profundice y vaya más allá de lo que pretenden las direcciones y la propia guerrilla.
Lo que también tenemos claro es que, independiente del rol y política de la dirección de las FARC y de la táctica que privilegie el imperialismo, a la par que llamamos a combatir el Plan Colombia, levantaremos en alto las banderas de defensa de las FARC contra todo ataque militar, bien sea de las Fuerzas Armadas, de los paramilitares o de cualquiera de éstos bajo el asesoramiento de imperialismo norteamericano, además que reivindicamos que se le reconozca como fuerza beligerante lo que, por supuesto, no implica apoyar su política de negociación, sus métodos y mucho menos el programa que levanta.

Un Plan para taponar los vasos comunicantes de la revolución en los países del Área Andina
Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Colombia sintetizan de la mejor manera los rasgos globales que caracterizan la situación política en América Latina. Una crisis económica sin precedentes, un ascenso revolucionario de las masas que se resisten a la aplicación de los planes económicos y, por último, la agudización de la crisis de los regímenes democrático burgueses encargados de aplicar las recetas del FMI.
El "Caracazo" y la derrota histórica que el pueblo venezolano infringió a los partidos de la burguesía; las multitudinarias movilizaciones indígenas, campesinas, obreras y estudiantiles en Ecuador que han liquidado varios gobiernos; la renuncia de Fujimori en Perú que empieza a cerrar el capítulo de la odiosa dictadura fujimorista y constituye el más resonado triunfo de las masas en Latinoamérica de los últimos años; los intensos combates que libran los campesinos y trabajadores bolivianos contra el gobierno de Banzer y el incremento de las luchas campesinas, sindicales y populares en Colombia son la prueba palpable de la confrontación de las masas a los gobiernos y regímenes que intentan aplicar el modelo económico imperialista encaminado a privatizar, saquear y superexplotar a los trabajadores de estas naciones.
Frente a esta situación el imperialismo intenta reacomodarse, aunque en condiciones adversas. Tiene otros frentes de tormenta como el conflicto de Medio Oriente. Tampoco el síndrome de Vietnam ha sido superado y sectores de masas norteamericanas no ven bien las intervenciones militares. El imperialismo no logró un respaldo total y explícito al Plan Colombia por parte de todos los gobiernos latinoamericanos. No porque los Cardozo, De la Rúa, Lagos o Batlle no sean agentes del imperialismo, sino porque saben que los pueblos repudian la presencia yanqui. Por eso dan un apoyo encubierto, como el caso de Brasil, que ha movilizado 22.000 soldados para custodiar sus fronteras y ha encarcelado al ex cura Francisco Collazo acusándolo de "reclutar para la guerrilla colombiana". Así y todo el gobierno norteamericano se juega a fondo por intervenir en la región con el claro propósito de revertir la crisis, su retirada de Panamá e impedir que el ascenso revolucionario derribe los regímenes democrático burgueses que hoy se encuentran en franca decadencia. A diferencia de los 80´s, no tiene mayores recambios, pues tiene que apuntalar a los mismos sectores e instituciones que se encuentran en crisis y son confrontados por las masas, lo que le obliga más que nunca a apostar a la presión militar y a los procesos de negociación con las direcciones del movimiento de masas para desactivar la conflictiva situación que se vive en la región. En síntesis, "zanahoria y garrote", que tan buenos resultados dio para contener la revolución en Centroamérica.
Desde esta perspectiva, está claro que el Plan Colombia pretende, entre otros objetivos, taponar los vasos que comunican y retroalimentan la situación revolucionaria que viven estos cinco países del Área Andina. Como afirman varios senadores norteamericanos, se trata de colocar un torniquete, que impida que la revolución se esparza por el área, poniendo en serios aprietos el control y la hegemonía que el imperialismo norteamericano ha tenido sobre esta parte del continente.

Alerta, alerta, alerta que camina el antiimperialismo por América Latina
Las distintas vertientes políticas nacionales e internacionales tendremos diversas interpretaciones sobre el contenido del Plan Colombia y sus estrategias, pero lo que sí tenemos claro es que significa una fuerte ofensiva imperialista de injerencia y agresión, no sólo contra Colombia, sino contra el libre derecho a la autodeterminación de nuestras naciones y la dignidad de nuestros pueblos, la cual hay que rechazar de manera contundente.
Los diversos pronunciamientos que eventos nacionales e internacionales han producido en contra de este plan, señalan a las claras que existen inmejorables condiciones para coordinar la unidad de acción antiimperialista contra el gobierno de los Estados Unidos, de Pastrana y de todos aquellos que están comprometidos con su ejecución.
En la ciudad de Manta -en Ecuador- contra la base militar gringa, en el foro sobre los procesos de paz realizado en San José de Costa Rica, en las calles de Buenos de Aires rechazando la presencia de Pastrana, en los Congresos Sindicales de la CUT en Colombia y Brasil, en los Encuentros Nacionales Estudiantiles en Cartagena y Tunja, en el Foro Obrero y Popular en Pereira, en las declaraciones de organizaciones solidarias con la causa del pueblo colombiano, empieza a retumbar la consigna: Abajo el Plan Colombia, Fuera yanquis de Colombia y de América Latina.
La Central Unitaria de Trabajadores de Colombia, en su reciente plenario de dirección nacional ha votado la realización de un Encuentro Mundial Sindical de Solidaridad con el pueblo colombiano y en contra del Plan Colombia para el primer trimestre del año 2000, que coincida con la realización de un Paro Nacional de 24 horas para el 15 de marzo.
No hay mejor oportunidad que ésta para que todas las organizaciones gremiales, democráticas, antiimperialistas, socialistas y revolucionarias del continente y el mundo entero empecemos los preparativos para realizar eventos por país y garantizar la presencia de nutridas delegaciones a este encuentro que es un compromiso de primer orden en la lucha contra los planes del imperialismo norteamericano.
La UIT-CI se pone a disposición de este evento y llama a concretar una gran movilización mundial para derrotar el Plan Colombia y realizar, unitariamente, en cada país, todo tipo de acciones, encuentros, actos, etc, en solidaridad con el pueblo colombiano.
No se puede fallar a esta cita. El pueblo colombiano demanda la más amplia solidaridad para derrotar tan nefasto plan imperialista de agresión. Está en juego la libre autodeterminación y la dignidad de nuestros pueblos pisoteadas permanentemente.
Hoy más que nuca debemos gritar a voz en cuello, Fuera yanquis de Colombia, Manta, Guantánamo, Viequez, Panamá y toda América Latina.


La crisis del gobierno de Pastrana
El gobierno de Pastrana y el establecimiento institucional colombiano amenazan con venirse abajo. La tierra se abre a sus pies y los temores de todos los que tienen algo que perder aumentan hasta llegar al paroxismo. No es casual que el Plan Colombia contemple entre sus objetivos más importantes, apuntalar al gobierno de Pastrana y recomponer el maltrecho régimen.

Nunca hubo un presidente que a la mitad de su mandato fuese tan cuestionado como lo es el de Andrés Pastrana. El mismo que se jactaba de haber sacado la más alta votación en la historia del país, hoy está contra las cuerdas. En abril del 2000, a sólo veinte meses de haber asumido, su coalición de gobierno, la "Alianza para el Cambio", sucumbió.

No fue un rayo en noche serena. Fue el resultado inevitable de una gestión que no logró responder a los grandes problemas del país. Fue incapaz de contener la crisis económica gestada desde gobiernos anteriores y que explotó bajo su mandato. La corrupción, flagelo nacional y al cual el presidente se comprometió erradicar, con renovados ímpetus y patrocinado desde el Ejecutivo y el Ministerio de Hacienda, hizo demostración de sus mejores galas. El proyecto de reforma política, con el cual se pretendía lograr un nuevo marco de acuerdo interburgués para contener la crisis y lograr la gobernabilidad, fracasó estrepitosamente. Y su gran caballito de batalla, los acuerdos de paz con las organizaciones insurgentes, no avanzó sustancialmente, sembrando grandes preocupaciones a la burguesía, los terratenientes y el imperialismo. En su editorial del 6 de agosto, El Tiempo sintetiza de la mejor manera lo sucedido: "Dos años después, el hecho de que los índices de impopularidad del presidente Pastrana sean los más altos que jamás haya registrado mandatario alguno en la mitad de su mandato, da la medida de la desilusión colectiva que hoy embarga a los colombianos. Existe la sensación de que Pastrana no ha estado a la altura del desafío; de que subestimó su complejidad o no estaba preparado para asumirlo".

La coalición Alianza para el Cambio, de la cual hicieron parte prominentes figuras del liberalismo comprometidas con la fracción que orienta César Gaviria, con más pena que gloria abandonó por la puerta de atrás la Casa de Nariño. El presidente Pastrana, no tuvo más remedio que recomponer el gabinete, dando paso a una nueva fórmula de gobierno, en la que se integró a uno de sus más grandes críticos, el liberal Juan Manuel Santos, miembro de la dinastía Santos, propietarios del influyente diario El Tiempo; mientras que como Ministro del Trabajo nombró a un ex dirigente sindical, Angelino Garzón, en un desesperado intento por impedir el hundimiento del barco. Al nuevo equipo de gobierno, Pastrana lo denominó pomposamente de "Unidad Nacional".

Pero todos los esfuerzos del gobierno han sido en vano. La crisis le sigue ganando la partida y hoy vive sus peores días, escasamente sostenido por el aval incondicional que le brinda desde Washington el imperialismo norteamericano y por la política cómplice de las direcciones del movimiento obrero y campesino, que siguen jugados a "no contribuir en la desestabilización del país", porque igualmente ellos también tienen mucho que perder ante una agudización de la crisis del gobierno, ya que se acabarían las mesas de diálogo y concertación, donde a manteles con los empresarios, tratan de distribuirse las migajas de un país en quiebra.

Si por el gobierno llueve, por el régimen no escampa

Pero la situación del país es mucho más compleja que un simple deterioro de la imagen del gobierno de Pastrana. Es toda la estructura institucional la que se encuentra sacudida por una profunda crisis.

La institución presidencial no tiene el peso de otras épocas. El Congreso ha quedado en evidencia como lo que es, una cueva de ladrones. El poder de la iglesia católica se ha minimizado. La justicia se mueve entre la corruptela y la impunidad. Mientras que las fuerzas armadas, luego de 50 años de lucha "antisubversiva", es presa del cansancio, hastío y sufre los golpes que le propina una guerrilla fortalecida.

Los partidos tradicionales, liberal y conservador, ya no arrastran a las masas como en otros tiempos. En los comicios electorales del 29 de octubre, el Partido Conservador del cual proviene Pastrana ha sido barrido del mapa político colombiano, mientras que el Liberal ha quedado gravemente debilitado, frente a los candidatos independientes. En el caso de Bogotá las elecciones dieron como ganador a Antanas Mockus, candidato que ha derrotado a María Emma Mejía, candidata del partido liberal apoyada por la más rancia aristocracia colombiana. Las opciones independientes que pulularon en todo el país, evidenciando la ruptura política del pueblo colombiano frente a las opciones bipartidista, comenzaron a socavar una hegemonía de 170 años.

Otros hechos significativos. Un dirigente indígena del paro del Macizo Colombiano de octubre del 99, le ganó las elecciones a gobernador al candidato unificado de liberales, conservadores y terratenientes en el departamento del Cauca. Un lustrabotas, que evocó la figura del periodista Jaime Garzón, asesinado por los grupos paramilitares, quien no tuvo tan siquiera los recursos para tomarse una foto para figurar en el tarjetón electoral, logró una banca al Concejo de Bogotá, obteniendo el apoyo de 18.000 votantes. En el Putumayo, una quinta papeleta, que exigía del gobierno la atención a sus necesidades, superó la votación alcanzada por todos los candidatos en el departamento. Y el voto en blanco se convirtió en una poderosa opción, a la cual recurrieron casi un millón de colombianos.

Las contradicciones interinstitucionales, que reflejan el agravamiento de los roces entre sectores de la burguesía, ha conllevado a que el país navegue a la deriva, sin Plan Nacional de Desarrollo porque la Corte Constitucional lo ha declarado inexequible. Pero la Corte fue mucho más allá. Ha conminado al gobierno a pagar, con retroactividad al primero de enero de 2000, el aumento salarial a más de 600.000 trabajadores colombianos a quienes les habían congelado el sueldo, a la vez que advirtió que Pastrana no podrá reestructurar el Estado, dando un duro golpe a los planes de gobierno y evidenciando la profundidad de la crisis institucional que atraviesa el país.

Las Fuerzas Armadas, presas de la corrupción, que han sufrido duros golpes militares por la guerrilla y que gozan de amplio desprestigio entre franjas de la población también viven su propio drama. Ni siquiera un éxito militar, como el que permitió el rescate de 30 personas secuestradas por el ELN, les ha brindado réditos; por el contrario, la sed de protagonismo del gobierno, del Ministro de Defensa y de la cúpula de las Fuerzas Armadas, provocó la renuncia del General que llevó a cabo la operación contra el ELN.

La presión de la lucha democrática interna y la denuncia de las organizaciones defensoras de los derechos humanos llevó a que el gobierno tuviese que destituir a casi 300 militares de alto rango, involucrados en violaciones de los derechos humanos, participación en la organización de bandas paramilitares o violación al derecho internacional humanitario.

La existencia y actuación de la guerrilla, independientemente de su programa y su política, es otro grave factor de crisis del régimen antidemocrático y represivo.

Las bandas paramilitares, que durante una época fueron la herramienta preferencial utilizada por los gobiernos liberales y conservadores para adelantar la acción criminal de liquidar dirigentes de las organizaciones sindicales, populares, campesinas y de izquierda y sembrar el terror en zonas de influencia guerrillera, hoy han logrado autonomía de vuelo. Se oponen, armas en la mano, a los procesos de negociación con el ELN y, el pasado 2 de noviembre, se han declarado en rebelión contra el gobierno de Pastrana, secuestrando a siete senadores de filiación liberal y conservadora para presionar al gobierno a renunciar a su política de canje con las FARC, generando un nuevo frente de crisis no sólo al gobierno sino de conjunto a la institucionalidad colombiana.

Impulsar la movilización para acabar de fracturar al gobierno y el régimen

Definitivamente los gobiernos y regímenes que aplican las recetas fondomonetaristas viven su peor crisis en todo el mundo. Cuestionados por las masas, viven una situación de tal inestabilidad que abre condiciones excepcionales para que la movilización de las masas los derribe por la vía revolucionaria.

Esa oportunidad se presenta en Colombia. Desgraciadamente, como lo ha venido denunciando Unidad Obrera y Socialista -UNIOS-, sección de la UIT en Colombia, el compromiso de las direcciones del movimiento obrero, campesino, popular e insurgente ha sido uno de los principales obstáculos que impiden que la lucha obrera, campesina y popular rebase los estrechos marcos reivindicativos para dar curso a una batalla frontal que derribe al gobierno de turno y toda la parafernalia criminal que la burguesía y el imperialismo han montado en el país para ahogar en sangre las aspiraciones democráticas de las masas.

Como lo plantea UNIOS, no serán los acuerdos surgidos de los diálogos de paz entre el establecimiento y la guerrilla, ni de las mesas de concertación entre el gobierno y los burócratas sindicales los que resolverán las más apremiantes necesidades de las masas colombianas.

La lucha unificada y masiva del pueblo, derrotando en las calles las recetas de hambre que impone el FMI y la contraofensiva burguesa e imperialista del Plan Colombia, abrirá condiciones excepcionales para empezar a resolver los graves problemas que aquejan la nación. Pero ello sólo no basta si no se liga a la tarea de luchar por el poder, para instaurar un gobierno de los trabajadores y campesinos pobres, que efectivamente rompa los lazos de dependencia con el imperialismo, que expropie a los grandes terratenientes y ejecute una radical reforma agraria; que desconozca la deuda externa y los recursos los ponga al servicio de un plan económico de reconstrucción al servicio de los de abajo; que expropie sin indemnización a todas las multinacionales que roban los recursos naturales y explotan la mano de obra nativa; que conceda amplias libertades democráticas para la población y castigue a los responsables intelectuales y materiales de las masacres y asesinatos de los líderes obreros y populares, todo ello como parte de la revolución socialista en Colombia, América Latina y el mundo.

Rodrigo Ayala y Mario S.


UN PODEROSO ASCENSO EN LAS LUCHAS

Rodrigo Ayala y Miguel Vivas

Los noticieros internacionales de televisión y los corresponsales de los más importantes diarios del mundo que cubren la situación política colombiana, no cesan de mostrar permanentemente la álgida confrontación militar que se vive en el país. Paros armados, masacres de las bandas paramilitares, tomas guerrilleras, poblaciones devastadas por los enfrentamientos, éxodos masivos de campesinos, bombardeos del ejército a zonas de influencia guerrillera y combates "en vivo", hacen parte de los titulares y cortinas que a diario los medios de comunicación difunden al mundo entero.
Nada de ello es mentira, ni montaje periodístico de los medios para cautivar audiencia e incrementar la venta de los productos de sus patrocinadores. Todo ello hace parte de la realidad colombiana. Es más, agregaríamos nosotros, hay oportunidades en que la información difundida no logra reflejar en toda su dimensión los hechos que acontecen en diversos puntos de la geografía nacional.
No es extraño, entonces, que muchos comentaristas políticos e incluso organizaciones políticas de izquierda concluyan que efectivamente la situación política colombiana hay que estudiarla desde el prisma de la confrontación militar que se opera en extensas áreas del territorio colombiano, y no faltan quienes caractericen que se vive una auténtica guerra civil.
Como es de esperarse, estas apreciaciones generan un importante debate en las filas de las organizaciones de masas, de la izquierda en general y del movimiento revolucionario en particular. Es por tanto más que necesario aproximarse de la mejor manera a la realidad colombiana, caracterizar efectivamente cuál es la dinámica de la lucha entre las clases, la situación de los sectores en contienda y el programa y la política de las direcciones comprometidas, como paso previo para la elaboración de una política que se ajuste a tales condiciones y permita catapultar la acción revolucionaria de la masas.

Colombia vive un excepcional ascenso de lucha de las masas
Lo que lamentablemente muchas veces no pueden apreciar los televidentes de otras naciones y los lectores de prestigiosos diarios internacionales, es que la situación colombiana es mucho más que confrontación armada. Son las grandes movilizaciones campesinas, muchas dirigidas por la guerrilla pero otras acaudilladas por nuevas direcciones.
Una sintética reseña nos muestra lo siguiente. En octubre del año pasado 20.000 campesinos e indígenas al suroccidente del país realizaron un paro durante tres semanas. En las negociaciones, el gobierno se comprometió a destinar partidas por 75 millones de dólares para atender las exigencias de la población. Fruto de esa misma lucha se generó un movimiento político electoral denominado Bloque Social Alternativo, liderado por un dirigente indígena que, en las recientes elecciones a gobernador, obtuvo 150.000 votos, derrotando por más de 15.000 votos al candidato de liberales, conservadores y terratenientes del departamento.
Igualmente significativas han sido las acciones que se desarrollan en los grandes centros urbanos por parte de los trabajadores organizados sindicalmente. Los trabajadores del Estado ha desarrollado en cinco años tres grandes paros nacionales. El más importante se desarrolló a escasos dos meses de haber asumido Pastrana, durando 25 días, y colocando en serios aprietos a un presidente que acababa de obtener la votación más alta en la historia del país.
Después de 22 años del paro cívico nacional de septiembre de 1977, las centrales obreras, presionadas por la lucha, tuvieron que dar paso a la conformación del Comando Nacional Unitario, la elaboración de un pliego nacional de 42 puntos y la realización de un paro nacional de carácter indefinido, que inició el 31 de agosto y finalizó al día siguiente cuando la dirigencia sindical se comprometió con el gobierno a levantarlo, asustados por las dimensiones que la acción estaba alcanzando a nivel nacional. Nuevamente el 3 de agosto del presente año se convoca a un paro nacional, con una participación del 70 al 80% de la población y con grandes concentraciones en la mayoría de las ciudades del país.
La lucha de los trabajadores estatales ha logrado que la Corte Constitucional conmine al gobierno nacional a reconocer el aumento salarial a partir del primero de enero del 2000, el cual había sido congelado por directriz presidencial. El Plan Nacional de Desarrollo que politizó la lucha del pueblo colombiano en marzo y abril del 99 y que fue aprobado a "pupitrazo" en el Congreso Nacional, es declarado un año después, por la misma Corte, como inconstitucional.
Los trabajadores de la salud, acosados por el no pago de los salarios y la falta de presupuesto para los hospitales, taponaron dos vías importantes del país y se tomaron las instalaciones de dos grandes hospitales en Bogotá, obligando al gobierno a entregar las partidas presupuestales para la reapertura de los mismos. Los trabajadores del municipio de Cali, importante ciudad al suroccidente del país, en varias oportunidades se han tomado el edificio de la alcaldía, el estadio de fútbol y diez días antes de las elecciones se tomaron los talleres donde se encontraban las urnas y mesas para la votación, lo que presionó a las autoridades a iniciar una negociación con los trabajadores.
Los sectores populares también salen al combate. Los pobladores del departamento de La Guajira, al norte del país, salieron a las calles para enfrentar los controles aduaneros a los productos que ingresan por la frontera con Venezuela o llegan por el Mar Caribe, culminando con un importante triunfo. En varios municipios de la Costa Atlántica se producen corte de las rutas, exigiendo a las empresas de servicios públicos la congelación de las tarifas y, en varios departamentos, azuzados por el no pago de sus salarios, los trabajadores paralizan sus actividades, se toman las sedes de las entidades de gobierno y provocan una situación traumática, que obliga a que la Federación Nacional de Alcaldes (mayoría liberales y conservadores), amenacen con un paro nacional si el gobierno nacional no cumple con las transferencias presupuestales para atender las exigencias de sus poblaciones. La respuesta del gobierno, como era de esperarse, fue la de comprometerse con girar los recursos.
La cantidad de acciones del movimiento sindical, que sería largo de enumerar, no es lo cualitativo. Lo más importante a destacar es que todos aquellos que salen a la lucha hacen retroceder al gobierno y obtienen importantes conquistas que echan por tierra los planes de hambre y miseria.
En conclusión, puede decirse que lo determinante en Colombia es el ascenso de las luchas sindicales, campesinas, populares y estudiantiles y que la lucha insurgente es un componente muy importante, pero que no logra todavía superar lo que de conjunto hacen las masas a nivel nacional.

El papel de las direcciones mayoritarias y el surgimiento de nuevas direcciones
El grave problema que afronta el movimiento de masas en Colombia es el de su conducción. Las direcciones de las organizaciones insurgentes y de las centrales obreras se encuentran comprometidas con los procesos de diálogos para la paz y de concertación, lo que no favorece que se concrete la unidad obrera y campesina que daría un impulso cualitativo a la situación de ascenso que se vive en el país y abriría las posibilidades de una gran crisis nacional a corto plazo.
Las organizaciones guerrilleras no participan de las acciones del movimiento urbano y, por su parte, las direcciones de las centrales que confluyen en el Comando Nacional Unitario no hacen esfuerzos por coordinar y potenciar las luchas de los trabajadores. Los paros realizados han salido contra su voluntad y, por eso, no se han puesto a la cabeza de su preparación. Y cuando estallaron, corrieron al lado del gobierno para comprometerse a levantarlo a cambio de migajas.
Su compromiso en la reestructuración del Instituto de los Seguros Sociales, su disposición a no solicitar aumentos salariales para "contribuir" a reducir el déficit fiscal, la convocatoria de acciones esporádicas que no se realizan y que desmoralizan a los trabajadores, son entre otros, hechos que reflejan el poco interés de las direcciones del movimiento sindical en impulsar la lucha de los trabajadores y, mucho menos, acompañar y disponerse a dirigir las luchas del movimiento campesinado contra las fumigaciones y por una reforma agraria.
Es esta situación la que ha posibilitado que algunos proyectos del gobierno pasen y se golpee a importantes sectores de la ciudad y el campo, pero sin que ello cambie el signo positivo de la actual etapa de la lucha de clases en Colombia.
Surgen nuevos instrumentos e instancias para el combate
En una clara demostración de resistencia, empieza a perfilarse una nueva camada de luchadores que confrontan a las direcciones tradicionales. El surgimiento del Comando Nacional Unitario, que convoca y dirige los dos paros nacionales, obedece a la presión de los trabajadores desde la base; las luchas que se suceden en el Macizo Colombiano se desarrollan de manera independiente; los paros en el movimiento sindical estatal rompen los chalecos impuestos por la burocracia; las luchas de los pobladores desborda a los dirigentes tradicionales; la participación independiente en el terreno electoral y las movilizaciones en universidades y colegios preanuncian que se abre una nueva situación en la pelea por construir una dirección que conduzca acertadamente las luchas del pueblo colombiano.
El movimiento sindical, agrupado en la CUT, vota en su congreso de noviembre del 99 la conformación de un Frente Social y Político, que aunque se inscribe en la política de salida negociada a la crisis colombiana, se propone organizar políticamente a los trabajadores de manera independiente frente a los partidos tradicionales y la guerrilla.
Las masas que lucharon en el Macizo Colombiano, constituyeron su propio movimiento inspirados en los lineamientos del Frente Social Político, logrando imponer mediante las elecciones "su gobernador" indígena en un departamento tradicionalmente controlado y manejado por los terratenientes, lo cual ha generado todo tipo de expectativas.
El estudiantado universitario desarrolla dos congresos en los cuales participan alrededor de 3.000 estudiantes en menos de un mes. Las corrientes sindicales clasistas y las organizaciones políticas que no apoyan los procesos de negociación se reúnen en la ciudad de Pereira y llaman al pueblo colombiano a dar la batalla contra el Plan Colombia, la injerencia imperialista y el gobierno de Pastrana.
Es esta la verdadera realidad que se vive en el país, la cual no logran reflejar cabalmente los noticieros y periódicos internacionales. De conjunto, en Colombia se vive un gran ascenso de las luchas sindicales, campesinas y populares, donde sin lugar a dudas el movimiento insurgente es un componente muy importante, pero no preponderante.

El Frente Social y Político, el Comando Nacional Unitario, las organizaciones insurgentes y las revolucionarias ante una responsabilidad histórica
Más que nunca se impone la política de impulsar la lucha directa de las masas, de repudiar cualquier salida negociada a la crisis del país y de rescatar la democracia obrera como método fundamental para enfrentar a los enemigos de clase, para superar los vicios que los burócratas han impuesto en las filas del movimiento sindical y las "órdenes y decretos" que los estados mayores de las organizaciones guerrilleras han puesto tan de moda en el país, en su afán por remplazar la acción de las masas.
El Comando Nacional Unitario, el Frente Social y Político, las organizaciones insurgentes y las organizaciones revolucionarias en Colombia tenemos la responsabilidad histórica de conducir acertadamente al pueblo colombiano en esta batalla crucial contra la injerencia imperialista, los planes del FMI, contra el gobierno de Pastrana y por liquidar un régimen profundamente reaccionario.
El Plan Nacional de Acción votado recientemente por la CUT (ver detalle adjunto), es la gran oportunidad para que se centralice y coordine la lucha a nivel nacional, se avance en la unidad obrera y campesina y se construya la nueva dirección que correctamente guíe el accionar de los trabajadores y el pueblo colombiano.
Nuestra sección en Colombia, UNIOS, se compromete a desarrollar todas las actividades votadas por la CUT e invita a los nuevos luchadores surgidos en las multitudinarias luchas a que, hombro a hombro, comencemos a forjar un partido revolucionario.



La guerrilla y su política

Las FARC, Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, son la organización guerrillera más importante y más antigua del país. Se fundó en la década del 60 bajo la dirección de quien sigue siendo su comandante Manuel Marulanda Vélez, el legendario Tiro Fijo. Desde su origen fue una guerrilla estrechamente ligada al Partido Comunista colombiano. Surgieron como parte de la autodefensa campesina contra los grupos armados al servicio de los terratenientes. Las FARC son los herederos de esa lucha que se desarrolla desde la década del 50.
Es evidente que su permanencia en el tiempo y su actual fortalecimiento expresa el creciente descontento social y, en especial, del campesinado. Por eso mismo, la guerrilla es un factor desestabilizador y de crisis política del régimen.
Lamentablemente las FARC han sido y son una organización para la resistencia campesina y no una guerrilla cuyo eje sea la lucha por el poder obrero y campesino. El mismo Tiro Fijo lo dice: "Las FARC quieren un gobierno pluralista (que estén representados todos los partidos y sectores sociales), democrático y patriótico"( entrevista en la página web de las FARC).

El peso de las FARC

Desde 1995 hay un gran ascenso en las luchas campesinas que fortalecieron a las FARC. Ellas acaudillaron las movilizaciones de 40.000 campesinos en el Caquetá y Putumayo y otros 15.000 en el Magdalena Medio que se oponían a la fumigación de sus cultivos y a la represión del ejército. Desde enero de 1999 se inicia un nuevo proceso de negociación. El gobierno tuvo que ceder a las FARC, despejar de fuerzas militares un área de 40.000 km2 denominada la Zona de Despeje, que comprende a cinco municipios de los departamentos del Meta y Caquetá con el objetivo de que sea la zona de negociación.
Indudablemente, que la burguesía haya tenido que dar esa gran concesión es un triunfo de la lucha popular y de las FARC. Pero las FARC no utilizan esa ubicación para desarrollar un poder campesino y obrero alternativo ni para buscar la unidad del campesinado con el movimiento obrero y sus luchas urbanas. Una prueba de ello es que en la zona de despeje subsisten las instituciones del régimen colombiano y siguen gobernado los partidos burgueses. Por ejemplo, en las elecciones del 29 de octubre resultó electa a la alcaldía de San Vicente del Caguán (municipio sede de las negociaciones) un candidato del movimiento liderado por la senadora liberal independiente Ingrid Betancourth. La población, bajo control de las FARC, tampoco ha participado de los paros nacionales realizados en los dos últimos años por el movimiento obrero y popular.

¿Hay una guerra civil?

Entre muchos luchadores existe la creencia de que en Colombia hay una guerra civil y que las FARC tienen el control de gran parte del país. No es así. Si bien las FARC tiene mucha fuerza no es real, como se dice, que controlen el 40% del territorio. El Area de Despeje abarca el 4% del territorio nacional. Sobre la guerra civil, si tomamos a los teóricos de la guerra de guerrillas, entre ellos el Che, consideran que hay tres fases para llegar a ella. La primera es el pequeño grupo inicial que hace acciones limitadas y se retira; la segunda fase es de columnas que se mueven de 100, 150 o 200 personas. Estas dos fases no las consideraba guerra civil. Sí la tercera; cuando se llega a la guerra de posiciones, en donde se enfrentan 1000, 2000 o 5000 combatientes. Son dos ejércitos enfrentados, con amplio dominio geográfico y poblacional. Según el Che, es cuando se llega a la toma de las grandes ciudades(*) y está planteada la derrota del otro ejército y la toma del gobierno. La guerrilla colombiana, según las fases del Che, estaría en la segunda. En Colombia aún no hay guerra civil porque no existe una situación como en la Nicaragua del 79 en donde la guerrilla (el FSLN) controlaba ciudades importantes con el apoyo masivo de la población. No es el caso de las FARC, que no tienen el apoyo mayoritario del movimiento de masas. Tienen peso en un sector del campesinado. Pero, por sus métodos y política, no cuentan con simpatías entre los trabajadores y amplios sectores populares.

No buscan la unidad campesina-obrera en la perspectiva del poder

Por eso nuestra crítica no es que ya podrían tomar el poder y no lo hacen. Tampoco está en discusión el heroísmo de los combatientes de las FARC. Respetamos su lucha y sacrificio de 40 años de combate. Y estamos en su misma trinchera ante todo ataque militar del imperialismo y sus agentes. Lo que está en discusión es su política y sus métodos de acción. Criticamos que no se propongan luchar por el poder obrero y campesino. Las FARC tienen otra propuesta política de poder: proponen compartirlo con la burguesía. Hasta llegaron a apoyar, de hecho con la entrevista de Tiro Fijo, a Pastrana en la segunda vuelta electoral. Por eso tampoco son consecuentes con su programa original de reforma agraria. En la zona de despeje y donde tiene presencia, por ejemplo, no hacen la reforma agraria. Conviven con los terratenientes, a los que extorsionan con fuertes impuestos.
Tampoco tienen interés en unir su lucha al movimiento obrero urbano, del cual se distancian cada vez más porque su política más que propender a la unidad obrera y campesina, se aleja de esta perspectiva al no apoyar y participar activamente de sus paros y jornadas de lucha. Por otro lado, las acciones militares de la guerrilla en el campo no posibilitan un acercamiento y apoyo de las masas. Las tomas de poblaciones, que tienen por finalidad destruir estaciones policiales o guarniciones, dan como resultado la devastación entera de los cascos urbanos generando grandes pérdidas para sus pobladores. Igual acontece con los paros militares que "decretan", en los que el único perdedor son las masas que no pueden transitar con sus productos y que se ven seriamente amenazadas en su integridad física, debiendo abandonar en masa sus sitios de vivienda, condenados al hambre.
Sus equivocadas acciones no tienen como finalidad integrar a las masas campesinas y urbanas a la confrontación armada en la perspectiva de una guerra civil para pelear por tomar el poder, sino de colocarlas al servicio de una salida negociada en los marcos del capitalismo.

No habrá paz sin derrotar al imperialismo y sus agentes

Tampoco nuestra corriente rechaza estas negociaciones de paz por una cuestión de principios. En una huelga o en cualquier lucha popular hay negociaciones, más en situaciones de retroceso o de graves derrotas. Pero no es el caso de la guerrilla colombiana, que parece estar en el momento más fuerte de las últimas décadas, según sus propias declaraciones. Nosotros rechazamos la política de las FARC en estas negociaciones que es la de pactar, con el argumento de la paz, un nuevo gobierno burgués de unidad nacional. Que no se engañe nadie: sin derrotar al imperialismo y a sus agentes nacionales no habrá ninguna paz y seguirán los crímenes contra los luchadores. Las propias FARC tienen la dolorosa experiencia de haber aceptado "treguas" como las de los años 80 y que llevó al aniquilamiento de cerca de 3.000 dirigentes y militantes de la Unión Patriótica, que era su organización político-electoral.
La verdadera paz se va a lograr cuando se derrote al Plan Colombia, al imperialismo, al gobierno de Pastrana, a sus planes de ajuste y se imponga un gobierno obrero y campesino liderado por el Comando Nacional Unificado, las organizaciones campesinas, indígenas y las fuerzas insurgentes. No hay otra salida. En ese camino llamamos a la más amplia unidad para derrotar al Plan Colombia y para solidarizarnos con la lucha obrera y campesina colombiana. Llamamos a defender a las FARC y al ELN de todo ataque militar y reivindicar su pleno derecho a que se las reconozca como fuerzas beligerantes. Derecho que se han ganado por décadas de resistencia a uno de los regímenes más siniestros del continente. Sectores importantes de la vanguardia colombiana y latinoamericana miran con simpatía a las FARC por enfrentar, armas en mano, a los paramilitares, a las FF.AA. y al imperialismo. En ese marco, hacemos un fraternal llamado a que cambien su política y sus métodos. En noviembre, las FARC se retiraron de la mesa de negociaciones en repudio a los acuerdos del gobierno con los paramilitares y al Plan Colombia. Saludamos como positiva esta actitud. Llamamos a las FARC y al ELN a unirse a la lucha obrera y popular, a no hacer acciones aisladas de ellas, a subordinarse a las decisiones del movimiento obrero en la forma como lo define el Plan de Acción de la CUT en su punto 8(ver recuadro) y a impulsar las luchas en la perspectiva de imponer un poder obrero y campesino.

Miguel Covas

(*) Guerra de guerrillas: un método. Ernesto "Che" Guevara. Artículo publicado en la revista Cuba Socialista, Nº 25, setiembre 1963.



Narcotráfico y legalización de la droga

Mercedes Petit

Los problemas con los cultivos de coca en Colombia los provoca el capitalismo y no la cocaína. Más concretamente, el imperialismo yanqui, principal mercado de consumo mundial y destino de la mayor parte de la producción del país. En EE.UU. hay aproximadamente 30 millones de adictos a las drogas (un octavo de la población total). Si le sumamos los consumidores que no alcanzan el carácter de tales, tenemos una cifra mayor a los 34.700.000 que habitan Colombia. A nivel mundial, en 1997 los consumidores de estupefacientes representaban aproximadamente un 4,1% de la población mundial (235 millones de personas). Este fabuloso negocio mueve cientos de miles de millones de dólares. Según los expertos, el grueso de las ganancias, más del 90%, se las embolsan los grandes narcotraficantes y sus socios en el mundo de las finanzas. Y el centro de esos peces gordos es, por supuesto, EE.UU. Las vinculaciones del narcotráfico con otras actividades, como el turismo, los negocios inmobiliarios, las empresas financieras fantasma, el contrabando de armas, etcétera, son secretos a voces. La Unión Europea viene insistiendo en que las grandes tabaqueras yanquis Reynolds y Philip Morris, al facilitar el contrabando de sus marcas a Italia y España, habilitan el blanqueo de dinero del narcotráfico en negocios con varios clientes de Colombia (El País, 8/11/00).
La cruzada contra las drogas que adelanta en América Latina el gobierno de los EE.UU. es un operativo con objetivos económicos, políticos y militares que nada tiene ver con una preocupación humana o sanitaria por los daños que acarrea el consumo de cocaína, heroína u otras drogas. Su guerra sin cuartel a los narcos colombianos es una pelea por quién controla y se beneficia de ese fabuloso negocio.
La más grosera prueba de que EE.UU. no tiene la menor preocupación por los adictos fue el descubrimiento del operativo de la CIA que vendía crack en los barrios marginales de Los Angeles y otras ciudades para financiar la compra de armas para los contras antisandinistas. Mientras se siga desarrollando la crisis crónica de la economía capitalista imperialista, y la recesión de las economías de la inmensa mayoría de los países semicoloniales, se van a seguir produciendo hojas de coca, marihuana, amapola, y se van a seguir consumiendo masivamente, con relativa independencia de su legalidad o ilegalidad.
Tal como ocurrió con la "ley seca" contra el alcohol en EE.UU. en la década del '20, la ilegalidad no resuelve -por el contrario, los agrava- los problemas del consumo, y engendra un creciente movimiento mafioso y violento. Por eso, dentro de las filas del propio imperialismo surgen voces, como el premio Nobel de Economía Milton Fridman o la revista británica The Economist, que propician la legalización.
Los países latinoamericanos y asiáticos productores de marihuana, coca y amapola deberían legalizar su cultivo y comercialización. Los problemas actuales vinculados a la droga provienen casi por completo de la ilegalidad.
Si se legalizan, la producción y el mercado estarían sujetos a las regulaciones de los países productores y consumidores: se percibirían impuestos y obligaciones, los consumidores tendrían mucho mejor información sobre los productos y se ahorraría el alto costo económico, social y político de la prohibición y la represión. La legalización le quitaría fuerza al pretexto que usa ahora EE.UU. para intervenir en los países productores.
La legalización tendría que estar íntimamente ligada a una política para incrementar la investigación y el uso medicinal de estas drogas y a que el Estado asuma el tratamiento de los drogadictos, como cuestión de salud pública.
La adicción a las drogas, anfetaminas y enervantes es una de las lacras que produce el sistema capitalista-imperialista en su fase decadente. La legalización sería una salida transitoria, ya que sólo una sociedad socialista podría erradicar de raíz estos males.
Estar por la legalización no significa estar de acuerdo o recomendar el consumo de marihuana, cocaína o heroína. Siendo legal o ilegal, no recomendaríamos a ningún trabajador, campesino, estudiante o intelectual que consuma drogas. De la misma manera que no recomendamos a nadie -mucho menos a los trabajadores- que consuman alcohol o tabaco, o a los deportistas estimulantes. La legalización permitiría ubicar el tema de las drogas en su problemática y consecuencias humanas y sociales, separándolo de la represión y del suculento negocio que significa hoy para las grandes mafias y el imperialismo.


Palestina



La nueva Intifada

Por Carmen Carrasco

Las imágenes de un niño de doce años acribillado por las balas fascistas de Israel, mientras su padre trataba de protegerlo, se han convertido en el símbolo de la nueva Intifada palestina. Esta rebelión ha llevado a la tumba las negociaciones de paz iniciadas hace siete años en Oslo, propinando un duro golpe al imperialismo y a su enclave Israel, mostrando que los jóvenes palestinos están cada vez más decididos a no parar hasta expulsar totalmente de sus tierras al ocupante sionista. En estos momentos, en que la agresión sionista se agudiza contra la Intifada, desde la UIT-CI llamamos a las comunidades árabes y a todas las organizaciones políticas, sindicales, estudiantiles, de derechos humanos en el mundo entero a impulsar movilizaciones masivas y unitarias en solidaridad con el pueblo palestino y de repudio al genocidio sionista-imperialista.

Se enciende el polvorín
El 28 de septiembre, el odiado general Ariel Sharon, que en 1982 comandó la masacre de los campos de refugiados de Sabra y Shatila, se paseó por la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén, el tercer lugar sagrado del Islam, en una abierta provocación a la población árabe y musulmana, acompañado por más de mil soldados del ejército israelí. Al día siguiente las tropas israelíes abrieron fuego asesinando a cinco jóvenes palestinos armados con piedras que protestaban contra la provocación de Sharon en la Explanada de las Mezquitas.
Esto fue suficiente para prender fuego en los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania, adentro de Israel y en todo el mundo árabe.
En las ciudades de Gaza y Cisjordania, los "chebab" (jóvenes), de menos de quince años, salieron a enfrentarse con las tropas del ocupante. Por primera vez en medio siglo, el conflicto ingresó adentro de las fronteras israelíes, donde el millón de árabes israelíes, que representan un 20% de la población, declararon una huelga general en solidaridad con sus hermanos palestinos, atacando al ocupante en sus entrañas.
El ejército sionista respondió con las mejores armas del arsenal fascista: casi doscientos muertos en un mes de enfrentamientos. Los soldados israelíes disparan a matar contra jóvenes armados de piedras, usan misiles desde helicópteros, bombardean las poblaciones palestinas. Los colonos judíos, armados hasta los dientes, atacan a los palestinos desde sus asentamientos, pedazos de tierra arrancados a la fuerza, enclavados como minas enemigas en los territorios ocupados.
El ejército fascista cerró los pasos con Gaza y Cisjordania dejando a casi tres millones de palestinos en una prisión al aire libre. En la vieja ciudad de Hebrón, donde viven 100.000 palestinos, y hay un asentamiento de 200 judíos, se decretó el toque de queda de 24 horas para los palestinos, que no podían salir de sus casas salvo en algunas horas determinadas, mientras los 200 judíos armados podían salir en cualquier momento. 110.000 palestinos que trabajan en Israel quedaron sin empleo.
Pero en lugar de amedrentar a los jóvenes palestinos, la represión provocó su radicalización y la generalización del descontento en todo el mundo árabe.

Como reguero de pólvora
El insulto de Sharon y la respuesta fascista de Israel provocaron un estallido de indignación en el mundo árabe. El imperialismo ha recibido un duro golpe, pues el pueblo árabe se ha recuperado de la derrota sufrida durante la guerra contra Irak en 1990, y se ha unificado de nuevo contra el enemigo sionista luego de diez años de división provocados por la guerra.
Como hace diez años, en todas las ciudades árabes estallaron las protestas. En Yemen cientos de miles marcharon por la capital obligando al presidente yemenita a pedir la apertura de las fronteras árabes para permitir el envío de armas y combatientes al pueblo palestino. En Egipto, Jordania y Siria se realizaron manifestaciones estudiantiles y populares frente a las embajadas de Estados Unidos. Washington debió cerrar sus embajadas en 13 países del Medio Oriente por varios días. En los Estados del Golfo, incluyendo Arabia Saudita, donde cualquier expresión popular es muy ocasional, miles de musulmanes desfilaron por las calles para denunciar la profanación de los lugares santos y su solidaridad con los palestinos. En Irán, las manifestaciones contra Israel son cosa de todos los días. En la lejana Yakarta (Indonesia) los estudiantes quemaron banderas israelíes y norteamericanas.
La Liga Arabe, que desde hace diez años estaba prácticamente disuelta, se volvió a reunir, y aunque no tomó ninguna medida efectiva contra Israel, se pronunció unánimemente en apoyo del pueblo palestino.
Hasta los gobernantes más reaccionarios y proimperialistas, como el príncipe heredero Abdallah de Arabia Saudita, emitieron duras declaraciones de condena.
En Europa, las comunidades árabes realizaron manifestaciones en casi todas las capitales.
Esta nueva Intifada parte de un nivel superior a la de 1987, cuando por primera vez los refugiados palestinos salieron a las calles a enfrentar con las piedras en la mano al ocupante. Esta vez, los palestinos cuentan con territorios de donde ya han expulsado al invasor sionista , y se inspiran en el enorme triunfo de sus hermanos libaneses, que provocaron la primera derrota militar a las tropas israelíes en su historia.

De la Intifada de 1987 a la nueva Intifada
La resistencia palestina no ha parado desde que Israel ocupó a sangre y fuego sus tierras hace medio siglo condenando a la población árabe a vivir en campos de refugiados diseminados a lo largo de su frontera. Los palestinos combatieron heroicamente los pogroms y masacres del invasor, pero por culpa de las políticas capituladoras de los jeques y reyezuelos de los países árabes, Israel continuó avanzando, ocupando Gaza y Cisjordania en 1967 e invadiendo el Líbano en 1982.
A partir de 1987, cuando la resistencia palestina se convirtió en insurrección, Israel empezó por primera vez a retroceder. La Intifada, o "guerra de las piedras", duró seis años. Los campos de refugiados se incendiaron, poniendo en jaque al ocupante sionista, que nunca sintió tan cerca el aliento del enemigo.
A ello se sumó una gran movilización regional contra el invasor sionista y el imperialismo, cuyo pico fue la ocupación de Kuwait por Irak.
Irak fue derrotado, provocando una gran desilusión, que fue utilizada por el imperialismo e Israel para tratar de regular de una vez y para siempre "la cuestión palestina". Fue así como nacieron las negociaciones que llevaron a los acuerdos de Oslo en 1993, poniendo fin a seis años de Intifada.

La gran traición
Los acuerdos de Oslo de 1993 llevaron a la práctica la política de los "dos Estados", propiciada por el líder de la Organización para la Liberación Palestina (OLP) Yasser Arafat con el apoyo del imperialismo y las direcciones socialdemócratas y stalinistas, consistente en legalizar la ocupación israelí otorgando apenas un pedazo de tierra a los palestinos, con una soberanía retaceada, bajo la vigilancia sionista e imperialista.
Según el acuerdo, los palestinos obtenían una pequeña y limitada autonomía sobre una franja de los territorios ocupados en 1967. Si bien Israel se vio obligada a reconocer, por primera vez en su historia, a la Organización para la Liberación Palestina, OLP, como legítimo representante del pueblo palestino, y a conceder una autonomía a cuentagotas, esto fue al precio de una enorme capitulación de Arafat: aceptar la existencia del Estado de Israel, dándole legalidad a este enclave artificial creado por el imperialismo contra el pueblo árabe, traicionando los intereses del pueblo palestino, y abandonando el programa histórico de la OLP que llamaba a luchar por la destrucción de Israel y la creación de una Palestina laica, democrática y no racista .
Los acuerdos estipularon una autonomía palestina de cinco años, primero sobre Gaza y Jericó. En julio de 1994, Arafat volvió a tierra palestina luego de 20 años de exilio y formó en Gaza una estructura autónoma, la Autoridad Nacional Palestina, dotada de un gobierno.
Esta autonomía se extendió en 1995 a Cisjordania, que se dividió en tres zonas distintas: la zona A de control palestino total, la zona B de control mixto y la zona C de control israelí total.
Desde el punto de vista del territorio liberado a los ocupantes sionistas, en marzo del 2000 la situación en Cisjordania era así: zona A: 18% (palestina), zona B: 22% (mixta), zona C: 60% (israelí). De haberse concluido el proceso negociador, Arafat apenas dispondría del control del 20% de la Palestina histórica.
Agujereada como queso Gruyere, la nueva autonomía entró en vigencia, minada desde dentro por la existencia de numerosos asentamientos judíos. En el curso de cinco años se debían regular temas clave, como el retorno de los refugiados palestinos desplazados por la guerra de ocupación de 1948 y por las guerras posteriores; el desmonte de los asentamientos judíos en los territorios ocupados, y la soberanía sobre Jerusalén, cuya parte occidental fue ocupada por Israel en 1948, pero que ningún estado del mundo reconoció, y cuya parte oriental fue luego ocupada en 1967. El ejército israelí se reservaba el control de la seguridad y las fronteras, reduciendo la autonomía del nuevo Estado a la nada.
Como dice Eduard Saib, un intelectual palestino profesor de la Universidad de Columbia en Estados Unidos, "Oslo estaba pensado para dividir a los palestinos en enclaves no contiguos, rodeados de fronteras controladas por los israelíes, con asentamientos y carreteras entre asentamientos salpicando, y fundamentalmente violando, la integridad de los territorios, con la prosecución inexorable de expropiaciones y demoliciones de casas durante los gobiernos de Rabin, Peres, Netanayahu y Barak, la expansión y multiplicación de los asentamientos (200.000 judíos israelíes añadidos a Jerusalén, 200.000 más en Gaza y en Cisjordania), la continuación de la ocupación militar y la obstaculización, el retraso y la cancelación de cada diminuto paso hacia la soberanía Palestina -incluidos los acuerdos de retirada en fases minúsculas y acordadas- a voluntad de Israel. La Jerusalén Este ocupada fue declarada fuera de las fronteras palestinas mediante una belicosa campaña israelí en la que se proclamó a la incurablemente dividida ciudad "capital eterna e indivisa de Israel". A los cuatro millones de refugiados palestinos - la población refugiada más amplia y la que lleva más tiempo en esta situación hoy en el mundo- se les dijo que podían olvidarse de cualquier idea de retorno o compensación" .

La esencia de Oslo: el desarme de los palestinos
El centro de los acuerdos fue el desarme de las organizaciones armadas palestinas y la creación de una fuerza de policía para impedir todo ataque contra Israel desde las zonas palestinas.
Durante décadas de guerra larvada o abierta contra Israel se constituyó la Organización para la Liberación Palestina, OLP, que representa a las organizaciones palestinas en guerra contra el ocupante sionista (Ver artículo). La tarea sucia encargada a Arafat consistía en desarmar las distintas organizaciones armadas de la OLP.
Aplicando este compromiso, se constituyó una policía bajo la responsabilidad directa de Arafat, sometiendo a la nueva disciplina a los combatientes de la OLP.
El acuerdo de Wye River, firmado en octubre de 1998, estipuló entregar una pizca más de territorios a los palestinos a cambio de una represión creciente por la policía palestina a los movimientos hostiles, con la CIA supervisando el "plan de lucha contra el terrorismo". Es tan humillante el acuerdo que la Autoridad palestina se compromete ¡a entregar la lista de sus policías a Israel! (Cuadro 2).
En cumplimiento de estos acuerdos, la Autoridad palestina encarceló a los dirigentes y a centenares de activistas de los movimientos islámicos Hamas y Jihad.

"La paz nos ha traicionado"
Los acuerdos de Oslo generaron grandes expectativas, pues el pueblo árabe venía de la derrota de Irak, en la que los palestinos habían puesto todas sus esperanzas. Pero los acuerdos no trajeron ninguna mejora en las condiciones de vida del pueblo palestino, pues su objetivo no era ése, sino legalizar la dominación israelí.
Los asentamientos de colonos israelíes en Gaza y Cisjordania no sólo no se redujeron sino que pasaron de 122 a 141 entre 1993 y el 2000, mientras que el número de colonos se duplicó, pasando de cien a doscientos mil desde 1993. A ello se suman las anexiones, las demoliciones y las nuevas medidas de seguridad tomadas por Israel para sellar los territorios, incrementando los controles, estableciendo nuevos filtros para los trabajadores palestinos que trabajan en Israel, incrementando la desesperación y la miseria en los territorios ocupados (Ver Cuadro 3).
Por ello, siete años después, el ambiente entre la población palestina había cambiado radicalmente. "La paz nos ha traicionado", dijo un joven al diario francés Liberation, al lado del cadáver de su hermano menor, de 13 años. "Esperamos, esperamos, esperamos. Nada cambió. Palestina sigue ocupada, los colonos continúan en nuestras tierras, los judíos nunca cumplieron su palabra. Hay que relanzar la Intifada, a cualquier precio. Solo que esta vez no nos detendremos sino cuando nuestro enemigo haya sido derrotado y los lugares santos de Jerusalén liberados" .
La nueva Intifada estalló, entonces, no para que se cumpla con Oslo, sino para romperlo y continuar la lucha por la expulsión del ocupante sionista.
Las circunstancias de 1993 también cambiaron. La situación ya no era igual al abatimiento posterior a la derrota de Irak. La expulsión de Israel del sur del Líbano, a manos de la organización islámica Hezbollah, que se concretó en mayo de este año, luego de 18 años de ocupación militar, dio un nuevo impulso a la lucha de los palestinos contra el ocupante.
Como dice la revista inglesa The Economist, "el ejemplo de Hezbollah, el movimiento de resistencia en el Líbano, parece ser una alternativa muy atractiva. ¿Por qué, se preguntan los palestinos, no podemos lograr los mismos éxitos que el Hezbollah, que expulsó a Israel del Líbano?" .
Un abogado entrevistado por Le Monde, dice: "No soy de los que aman bailar en un volcán, pero no tenemos otra alternativa que el enfrentamiento. Quiero que este movimiento sea irreversible. Esta falsa paz no lleva a nada sino a un apartheid sobre nuestra tierra del cual somos las víctimas. La Intifada nos enseñó una cosa: las armas, el dominio en el cual los israelíes nos sobrepasan, no funcionan siempre. Si los problemas continúan, ellos tienen que saber que el sur del Líbano será un paraíso al lado de lo que vivirán aquí" .

Líbano: el Vietnam de Israel
La orden de retirarse del Líbano luego de 18 años de ocupación no fue producto de un plan deliberado. Fue el resultado de la primera derrota militar de Israel en su historia. Los soldados se retiraron en desorden, abandonando su costoso armamento detrás, y dejando librado a su suerte al Ejército del Sur del Líbano, un ejército montado por Israel para proteger su frontera norte, que se desplomó apenas las fuerzas sionistas huyeron.
Esta derrota militar fue producto de la resistencia del pueblo libanés y de los grandes cambios que vienen ocurriendo dentro de la sociedad israelí.
Como escribió el principal analista del diario israelí Yediot Ahranot el 5 de marzo: "El cambio central tuvo lugar del lado israelí, pues los israelíes no querían seguir pagando la cuota anual de muertos. Había unanimidad masiva, desde Ariel Sharon hasta los diputados árabes, todos gritaban: debemos retirarnos… No salimos del Líbano por las promesas electorales de Barak, sino por el baño de sangre. Unos cientos de combatientes de Hezbollah han derrotado al fuerte y poderoso ejército israelí. Lo derrotaron en la más importante de las batallas: la del frente interno. Sólo podemos esperar que la victoria de Hezbollah no empuje a los palestinos y a los sirios a deducir que pueden conseguir sus objetivos por la fuerza".
Una encuesta lanzada por Yediot Ahranot el 27 de mayo sobre la retirada demostró que un 72% de la población estaba a favor.
A la derrota militar en el Líbano se sumó el desencanto de la población israelí con las promesas de paz de Oslo, pues mientras firmaban la paz, los sucesivos gobiernos continuaron la ocupación de Palestina, agudizando el enfrentamiento. En siete años de negociaciones murieron 385 civiles y 23 policías palestinos, pero también 171 civiles y 92 soldados israelíes .
La población israelí, cansada de vivir en estado de guerra, le dio la espalda al gobierno del derechista Benyamin Netanyahu, del Likud. En 1999 el laborista Ehud Barak ganó las elecciones prometiendo la paz con los palestinos, pero el fracaso de las negociaciones de paz provocó la crisis del gobierno de Barak que perdió la mayoría parlamentaria.
Parte decisiva en la crisis del laborismo es la pérdida del apoyo de los árabes israelíes, un 20% de la población, que eran tradicionales votantes del laborismo .
A ello se suma el descontento en las filas del ejército, donde crece el movimiento de los "objetores de conciencia", con soldados que se niegan a combatir en los territorios ocupados. "Esta no es tu guerra", dicen los volantes que se reparten en los cuarteles, especialmente entre los soldados que sirven en Cisjordania, mientras que crecen los militantes pacifistas que reparten volantes en las ciudades israelíes entre los jóvenes reclutas.
La agudización del enfrentamiento provoca una polarización cada vez mayor de la sociedad israelí entre la mayoría que busca alguna forma de concluir el enfrentamiento y una minoría fascista, que tiene a los colonos como punta de lanza, que ha reiniciado sus pogroms contra la población palestina.

El fracaso de Camp David
En esta situación se llegó a la Cumbre de Camp David, realizada en Julio de este año en Estados Unidos, bajo el auspicio de Bill Clinton, entre Barak y Arafat, que debía poner punto final a las disputas acumuladas luego de siete años de negociaciones.
El objetivo de Israel y de EEUU era lograr una nueva capitulación de Arafat, como en Oslo en 1993: que renunciara de una vez y para siempre a luchar por el 80% de la Palestina histórica. Pero las masas palestinas ya habían hecho la experiencia con esta autonomía, y la Cumbre fracasó sin llegar a ningún acuerdo.
Israel no sólo no aceptó el retorno de una parte de los refugiados, ni el desmonte de los asentamientos judíos en territorio palestino, sino que propuso la anexión de un 13% de Cisjordania, donde se encuentra lo esencial de sus colonias, y sólo aceptó otorgar autonomía a unos barrios de Jerusalén, manteniendo el control sobre la misma.
Arafat, que estaba dispuesto a reconocer por primera vez en medio siglo la soberanía israelí sobre el resto de Jerusalén, no pudo hacerlo, pues la presión acumulada entre los palestinos no le permitió hacer la más mínima concesión .
Al terminar la Cumbre, Arafat explicó las razones por las cuales no podía firmar. Ante la insistencia de Clinton, le respondió: "Señor, ¿usted quiere asistir a mi funeral?"
"Díganle a Arafat y a Barak que las negociaciones han muerto bajo la fuerza de nuestras piedras", fue el mensaje que un joven palestino dirigió por televisión a Arafat. Oslo había muerto.

El desborde
Arafat es un dirigente nacionalista pequeño burgués, cuyos lazos con las burguesías árabes lo han llevado al acuerdo con el imperialismo y con Israel, pero que ahora ha sido desbordado por la movilización. Carga sobre sus espaldas el fracaso de siete años de negociaciones en las que, a pesar de todas las concesiones realizadas, el pueblo palestino vive cada vez peor.
El principal problema es que Arafat fracasó en la tarea clave que le impusieron el imperialismo e Israel: desarmar a las distintas fracciones de la resistencia palestina.
Si bien encarceló a los dirigentes de los movimientos islámicos Jihad y Hamas, Arafat no pudo ni siquiera desarmar a su propio partido, al Fatah, la organización nacionalista que conduce la OLP desde 1968. Son los miembros de Tanzim, el ala armada de Fatah, los principales protagonistas de la Intifada actual .
Como dice Gilles París de Le Monde, se trata de la ruptura "entre dos Palestinas", la del interior y la del exterior, la de la Intifada y la de la OLP en el exilio. Al establecerse la OLP en los territorios ocupados, los dirigentes de la primera Intifada, que con sus piedras hicieron retroceder a Israel, debieron someterse a la autoridad de Arafat, viéndose relegados a las funciones más bajas.
De esta manera, se fue abriendo una fosa en el propio Fatah: por un lado un "Fatah local, a tono con la revuelta popular, y por otro lado, una Autoridad atrapada entre la presión de la calle y la de la diplomacia, por la cual terminó optando" .
La primera fila en los combates contra Israel la constituyen los "chebab", niños-adolescentes de menos de quince años, que diariamente salen a las calles a enfrentarse con el ejército ocupante, que pertenecen en su mayoría al Tanzim .
La organización de la Intifada está a cargo de un "Comité de fuerzas nacionales e islámicas", que agrupa a todas las organizaciones palestinas y que coordina las actividades diarias.
Tanzim está dirigido por Marwan Barghouti (41) en Cisjordania y por Maher Helis en Gaza, dirigentes destacados de la primera Intifada. Barghouti estuvo cuatro años en las cárceles israelíes, y luego fue marginado por Arafat, como muchos otros, para imponer los acuerdos de Oslo.
Según el diario francés Liberation, "los especialistas estiman que Barghouti tiene hoy su propia autonomía, que conduce su propia política". Una fuente citada por el diario dice que "los miembros del Tanzim están bajo el control de los comandantes de la organización. De ellos reciben sus órdenes y no de Yasser Arafat o de responsables de la Autoridad palestina" .
Las tropas de Tanzim, formadas por hombres de 18 a 35 años, están organizadas en brigadas y presentes en cada campo de refugiados, cada pueblo, cada barrio. Su formación está a cargo de una unidad de viejos guerrilleros, los "Tigres Negros". "Podrían ser la columna vertebral de una resistencia popular que combina manifestaciones de masas y acciones armadas dirigidas", concluye Liberation .
Que Arafat ha perdido buena parte del control sobre el brazo armado de su organización es algo que ya nadie niega. "En los ojos de Tanzim, Arafat aparece más como un ícono que como un jefe operacional", dice Bilal Chafi, un profesor de la Universidad de Nablus .
La radicalización de la lucha contra Israel y el triunfo militar de Hezbollah en el Líbano han conducido a un fortalecimiento de los movimientos islámicos, como Hamás, el hermano palestino de Hezbollah, y Jihad. La primera oleada de la Intifada actual condujo a la liberación de los dirigentes islámicos de Jihad y de Hamas detenidos en las cárceles palestinas. Estos movimientos, en octubre, realizaron una reunión en Beirut rechazando los acuerdos de Oslo.

Por la destrucción del Estado de Israel!
¡Por una Palestina laica, democrática y no racista!
El fracaso de Oslo es el fracaso de la política de los "dos Estados", que fuera vista como panacea por muchos sectores de izquierda, e incluso trotskistas, obnubilados por la propaganda sionista.
Los últimos siete años demostraron la inviabilidad de construir dos estados que vivan en paz, uno judío y otro palestino, pues la única manera de imponer dos estados es sometiendo para siempre al pueblo palestino a vivir en un apartheid, en un estado controlado económica y militarmente por Israel.
Los palestinos jamás se resignarán a la suerte de ser parias en su propia tierra, y el pueblo y los trabajadores israelíes jamás encontrarán la paz, porque no se puede ser libre sometiendo a otro pueblo y porque la lucha palestina continuará hasta terminar con la ocupación, como lo está demostrando la actual Intifada .
Sólo puede haber paz en Medio Oriente cuando esa violencia cese, cuando los refugiados palestinos puedan volver a sus tierras, estableciendo su Estado, donde convivan libremente musulmanes, judíos o cristianos.
La política del imperialismo ante la crisis actual es buscar a toda costa una negociación con Arafat, pues una ofensiva militar israelí en los territorios autónomos puede desencadenar una insurrección que abarque a todo el mundo árabe.
Sin embargo, la situación se les está yendo de las manos. Hay cada vez más enfrentamientos entre los colonos israelíes y los palestinos y cada vez más ataques de las fuerzas israelíes.
El ala más radical del sionismo presiona al gobierno de Barak para que se proceda a la separación física de los dos pueblos y se cree en el valle del Jordán una zona de seguridad para Israel, anexionando grupos compactos de asentamientos y asegurándose el control de todo Jerusalén. Funcionarios de inteligencia israelíes consideran la posibilidad de que se desemboque en una guerra regional.
Mientras tanto, la Intifada no cede. Las masas presionan cada vez más a Arafat y los dirigentes árabes para librar una guerra sin cuartel contra los israelíes.
Ya nada será como antes. La tarea actual es continuar la Intifada hasta expulsar a Israel de los territorios ocupados en 1967, como paso para expulsarlo de todo el territorio palestino ocupado en 1947-48.
Hay que exigir a los gobiernos de los países árabes que rompan relaciones con Israel, boicoteen sus productos, canjeen el petróleo por armas para los palestinos y abran sus fronteras para que todos los que quieran ir a pelear como voluntarios lo puedan hacer.
También hay que oponerse con todas las fuerzas a la propuesta de Arafat de que intervenga una fuerza de paz de las Naciones Unidas para frenar el conflicto, pues, como ya se ha demostrado en Timor y en Kosovo, la intervención de la ONU será una intervención contra la Intifada palestina, para impedir que ésta logre su objetivo.
Por último, hay que exigir a Arafat que rompa las negociaciones. La única manera de conseguir el retiro total e incondicional de los israelíes de Gaza, Cisjordania y Jerusalén, el retorno de los refugiados y la liberación de los detenidos, como paso para destruir el Estado de Israel y expulsar al imperialismo, es continuar con la Intifada, retomando la consigna de la OLP, abandonada por Arafat: una Palestina laica, democrática y no racista en todo el territorio de Palestina.


El sionismo e Israel


Miguel Lamas

El movimiento sionista nace en 1897, fundado por Teodoro Herzl, estrechamente ligado a los imperialismos europeos en su momento de gran expansión.
En esa época el inglés Cecil Rhodes y otros aventureros de similar calaña creaban colonias con inmigrantes blancos en Africa ocupada por tropas imperialistas, asesinando o expulsando a la población nativa de los lugares más fértiles o con riquezas mineras. Esos inmigrantes, casi siempre de origen campesino o desocupados urbanos, desempeñaron el papel de carne de cañón para someter a las poblaciones nativas y robar las riquezas naturales. Según la ideología imperialista se trataba simplemente de ocupar y "civilizar" territorios que estaban "deshabitados" o "en manos de salvajes".
Con esa misma ideología Teodoro Herzl propuso colonizar Palestina con judíos de Europa. El hecho de que ese país estuviera habitado por árabes integrantes de una antigua y rica civilización, no cambiaba nada para la mentalidad imperialista. Llegaron a decir, en un rapto de inspiración propagandística, que era "una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra". Palestina tenía un 93% de población árabe musulmana y una minoría de judíos árabes que habían convivido pacíficamente durante más de mil años. Ni bajo el imperio turco, ni bajo el anterior imperio árabe hubo persecuciones contra los judíos que desempeñaban un importante papel comercial y cultural.
Para lograr su objetivo Herzl negoció primero con el Kaiser alemán, después con el Sultán turco, con el zar ruso y finalmente con el imperialismo británico.

La colonización
La hora del sionismo llega después de la Primera Guerra Mundial y la desmembración del imperio turco, del cual dependía Palestina. Los ingleses burlan las promesas de independencia que habían hecho a los árabes y se reparten con los franceses el Medio Oriente. En 1920 la Sociedad de las Naciones (antecesora de la ONU) le otorga a Gran Bretaña el "mandato" sobre Palestina. Así, de la mano del imperialismo inglés comienza la colonización masiva de judíos europeos en Palestina atropellando los derechos de los habitantes de ese antiguo país, robándoles sus tierras. La resistencia árabe culmina en 1936 con una huelga general que duró 6 meses y continuó en insurrección armada. Los ingleses mandaron una poderosa fuerza, la mitad de todos los efectivos del imperio, que masacró a los palestinos, abriendo el camino para su expulsión.

Israel
En 1948, con la bendición de Estados Unidos y la URSS de Stalin, se funda el Estado de Israel. El genocidio nazi en Europa había facilitado la propaganda sionista prometiendo un "hogar judío".
La fundación de Israel es precedida por una gigantesca "limpieza étnica". El líder sionista Weitz, director del Departamento de Colonización anotaba en su Diario en 1940: "La única solución es una Palestina, o al menos una Palestina Occidental (al oeste del río Jordán) sin árabes... Y no hay otro camino que transferir a todos los árabes desde aquí a los países vecinos, transferirlos a todos: ni una aldea, ni una tribu deben quedar". Este programa digno de Hitler, fue realizado con métodos nazis: el terrorismo masivo. Aldeas completas fueron exterminadas, incluyendo mujeres, niños y ancianos, como por ejemplo la de Deir Yassin. El Irgun, organización paramilitar comandada por Menachen Begin, tuvo a cargo gran parte de la masacre. Así logran el éxodo masivo de más de un millón de palestinos y fundan Israel.
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