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El PLAN IMPERIALISTA CONTRA COLOMBIA
Rodrigo Ayala
A finales de 1999, el gobierno de los Estados Unidos elaboró,
en inglés, el primer borrador del componente militar del Plan Colombia.
Durante el primer semestre del 2000, al gobierno de Pastrana le correspondió
la tarea de maquillarlo con un plan coherente de inversión social
y de promoción de los derechos humanos y las libertades democráticas,
que lo hiciera digerible para la comunidad internacional y el propio pueblo
colombiano. Y, el pasado 27 de septiembre, con las rúbricas del
Ministro de Relaciones Exteriores de Colombia y el Embajador Norteamericano
en Bogotá, se "oficializó" el inicio de la ejecución
de tan tenebroso Plan.
De los objetivos del Plan se han escuchado variadas versiones, que van
desde las candorosas afirmaciones de querer liquidar el multimillonario
negocio del narcotráfico y aniquilar los carteles de la droga,
hasta las inquietantes premoniciones de una clara intención del
Gobierno de los Estados Unidos y el Pentágono, de querer vietnamizar
el conflicto armado que existe en el país, liquidar el proceso
de negociación de paz en curso y derrotar militarmente a la guerrilla
de las FARC.
Como escribe Daniel Samper Pizano, columnista del diario El Tiempo y hermano
del ex presidente Ernesto Samper, en un artículo titulado con el
nombre de "Plan Colombia: ¿qué versión quiere
usted ?", afirma que "nunca antes en nuestro país algo
tan importante ha estado rodeado de tanta desinformación, vacíos,
engaños y contradicciones. Sólo después de chapotear
por los densos y oscuros pantanos de este proyecto es posible entender
que no existe un solo Plan Colombia, sino varios". En realidad, se
trata de un plan global de injerencia política, económica
y militar del imperialismo.
Zanahoria y garrote contra la revolución en Colombia
La crítica situación que vive Colombia la ha convertido
en punto de referencia a nivel mundial y, por ende, tema de preocupación
del imperialismo norteamericano. Varios elementos la hacen acreedora de
tal protagonismo: la consideración de que el conflicto interno
amenaza la seguridad interna de los Estados Unidos; que el ascenso revolucionario
y la confrontación armada logren transgredir las fronteras nacionales
colocando en grave peligro la estabilidad hemisférica y que el
régimen y el gobierno colombiano, al servicio de los capitalistas
y el imperialismo, se vean superados por la acción revolucionaria
de las masas.
La administración Clinton, plenamente consciente de los riesgos
que se corren, no ha dudado en conducir la mano del presidente Pastrana
para que redacte y ejecute el Plan Colombia que, según sus propias
palabras, es un "Plan (que) prevé una estrategia sólida,
multifacética, que Estados Unidos debe apoyar con ayuda sustancial.
Tenemos un interés nacional apremiante en la reducción de
la corriente de cocaína y heroína hacia nuestras costas,
y en la promoción de la paz, la democracia y el crecimiento económico
en Colombia y en la región. Dada la magnitud del problema del tráfico
de drogas y las actuales dificultades económicas por las que atraviesan,
ni el gobierno de Colombia ni sus vecinos pueden asumir toda la carga"
.
Como puede observarse, la cortina de humo tras la cual se pretende incrementar
la injerencia yanqui en los asuntos domésticos colombianos y de
la región, es el supuesto combate al narcotráfico. Pero
su verdadera intención es apoyar el vetusto establecimiento institucional
que en Colombia se encuentra en franca crisis; sostener al gobierno de
Pastrana, odiado y confrontado por las masas; imponer las recetas del
FMI y mantener su control por la vía de la deuda externa; y apuntalar
a las fuerzas armadas para que estén en condiciones de enfrentar
a las masas campesinas y urbanas movilizadas y el creciente accionar de
las organizaciones insurgentes.
El Plan sintetiza la más poderosa estrategia del imperialismo contra
la revolución en curso en Colombia, mediante la cual pretende recomponer
el régimen democrático burgués, sus instituciones
y, en particular, el aparato militar; incrementar la dependencia económica;
a la vez que apoya los procesos de concertación con las direcciones
burocráticas del movimiento de masas y las negociaciones de paz
con la guerrilla colombiana.
Con ello pretende contener el ascenso en las luchas de los trabajadores
de la ciudad y el campo, mientras que aspira restarle capacidad ofensiva
a la guerrilla, desconectarla de su base social que se encuentra sustentada
entre millares de campesinos pobres de las regiones de frontera agrícola
y/o ligadas a cultivos ilícitos (árbol de coca y flor de
amapola) y limitar el sustento económico que le proporciona el
narcotráfico. Todo esto encaminado a propinarle fuertes golpes
que la dejen en condiciones desfavorables en el proceso de negociación,
en el cual la dirección de las FARC está comprometida.
Aunque la política del imperialismo no es jugarse a la aventura
militar de derrotar a la guerrilla colombiana generalizando la confrontación
armada en el territorio nacional, sino la de golpearla para imponerle
sus condiciones en la mesa de negociación, no se puede descartar
que el ascenso de masas, y la propia situación de la guerrilla,
lleve a que el imperialismo modifique esta política global de negociación
y dé vía libre a una intervención militar directa.
La zanahoria: recomponer el régimen democrático burgués
y apoyar la negociación y la concertación con las direcciones
mayoritarias
El imperialismo norteamericano y, con mayor énfasis el europeo
y japonés, han insistido en la necesidad de que en Colombia se
superen las condiciones permanentes de violación de los derechos
humanos, del derecho internacional humanitario y se le ponga freno al
accionar de las bandas paramilitares.
Pero más allá de esta letanía, la preocupación
que atormenta al imperialismo es que las instituciones del régimen
colombiano se encuentran al borde del colapso y sin capacidad de respuesta
frente al poderoso ascenso en las luchas que agitan el país. La
figura presidencial es odiada y totalmente cuestionada. Al parlamento
se le identifica como el principal foco de corrupción. Existe una
justicia permisible, al servicio de los intereses de los ricos del país
y la impunidad es su signo distintivo. Las cortes, Constitucional, de
Justicia y de Estado, enfrentan permanentes roces, cuestionando la legitimidad
de las decisiones tomadas y abriendo grandes espacios por los que se cuela
la protesta obrera y popular. Y las fuerzas armadas no logran sobreponerse
al desprestigio y el hastío que produce una confrontación
irregular con fuerzas insurgentes durante cincuenta años.
Los partidos políticos viven sus más difíciles días.
En las elecciones municipales y departamentales del 29 de octubre último,
han salido fuertemente debilitados, dado que las masas empiezan a romper
políticamente con ellos. La muestra palpable es que el partido
de gobierno sólo ganó 2 alcaldías de 1.089 en disputa.
El tanque de oxígeno del imperialismo va dirigido, en primer lugar,
a la burguesía colombiana para que recomponga el andamiaje institucional.
Para lograrlo, orienta a las distintas facciones a superar los roces internos
mediante la conformación de un Frente Común por la Paz y
la Gobernabilidad; agitar las banderas de los derechos humanos y el derecho
internacional humanitario; depurar las fuerzas armadas de militares ligados
al narcotráfico, los paramilitares y las masacres; y utilizar la
demagogia de la democracia, para hacer más creíbles sus
planes.
De manera complementaria, intenta comprometer a las direcciones mayoritarias
del movimiento de masas para que participen de los procesos de concertación,
con el fin de que los planes económicos, políticos, militares
y sociales del gobierno pasen sin ninguna confrontación. Y, más
a fondo, se juega a la negociación de la paz con las organizaciones
guerrilleras, cediendo un espacio de territorio significativo donde no
se produce confrontación militar, para concretar unos acuerdos
que permitan desactivar la lucha insurgente e incorporar a la dirigencia
guerrillera al régimen. Pero tampoco les esta resultando fácil
cerrar un acuerdo definitivo. No por la voluntad de las direcciones sino
por el peso del ascenso y las contradicciones del imperialismo y del gobierno
de Pastrana que siguen alimentando a los grupos paramilitares que asesinan
a dirigentes sindicales, universitarios o populares, buscando debilitar
las luchas. Por eso, a mediados de noviembre, las FARC se vieron obligadas
a congelar el diálogo de paz, provocando una crisis a las negociaciones
que nos es difícil prever dónde puede terminar, debido a
que el Ministro del Interior, Humberto de la Calle, se reunió con
el jefe del grupo paramilitar Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), dándole
de hecho un reconocimiento público.
El garrote del Plan Colombia
El Plan, concebido para "la Paz, la prosperidad y el fortalecimiento
del Estado", según la presentación que de él
han hecho el gobierno de Pastrana y de Clinton, tiene un costo de 7.500
millones de dólares, de los cuales 3.500 serán de ayuda
externa y 4.000 saldrán del presupuesto nacional durante los próximos
seis años. Lo que significará mayores ajustes para el pueblo.
El imperialismo norteamericano, con pleno respaldo de los partidos Demócrata
y Republicano, destinará 1.600 millones de dólares para
apoyar la ejecución del Plan. Estos recursos, que se suman a los
150 millones de dólares que anualmente el gobierno de los Estados
Unidos entrega al ejército colombiano, servirán para ayudar
la acometida del gobierno colombiano en las regiones del sur de Colombia
donde se cultivan drogas y que ahora controlan las guerrillas insurgentes.
Los fondos ayudarán a conformar y entrenar batallones antinarcóticos
especiales, a comprar 30 helicópteros Blackhawk y 33 helicópteros
Huey y a proveer todo tipo de apoyo logístico para garantizar las
fumigaciones y el enfrentamiento a las organizaciones guerrilleras y de
narcotraficantes que se resistan al plan de erradicación de cultivos
ilícitos.
El Pentágono ha montado un dispositivo militar con sede de operaciones
en la base instalada en Manta (Ecuador). Desde allí se asesora
al ejército colombiano para el montaje y entrenamiento de nuevos
batallones especializados para enfrentar la insurgencia armada y las mafias
del narcotráfico, se adiestra a soldados para que piloteen los
aviones "Fantasma" y helicópteros de combate; se brinda
el apoyo a los ejércitos de Ecuador y Perú para contener
los procesos migratorios de colombianos desplazados por el conflicto interno
y se hace el monitoreo permanente, vía satélite, de todos
los movimientos aéreos y terrestres para impedir la salida de cargas
de cocaína y heroína o la llegada de armamento y municiones
para las organizaciones insurgentes.
Sobre la base de este dispositivo, el ejército colombiano desarrolla
la fumigación de extensas áreas del sur-occidente del país,
con productos químicos y el hongo Fusarium oxisporum, cuya capacidad
destructora atenta contra la salud humana y de las diversas especies animales,
contamina las fuentes de agua y constituye un serio peligro para el ecosistema
amazónico, originando, como resultado "esperado", el
éxodo masivo de familias campesinas hacia los países limítrofes
o ciudades intermedias colombianas, como Pasto, Florencia, Neiva, Ibagué,
que alimentará sin duda la grave crisis social que vive el país.
Paradójicamente, estos fuertes operativos de erradicación
y/o control de áreas con plantaciones ilícitas no se contemplan
o no serán tan contundentes en zonas como las del Catatumbo, al
nor-oriente del país, en el sur del departamento de Bolívar
y en la parte media de la cuenca del río Magdalena, donde existe
fuerte presencia paramilitar, que lucra de la actividad del narcotráfico
como lo ha confesado su jefe Carlos Castaño.
Un Plan al servicio del control de una zona estratégica
La aguda crisis económica que vive el país, la más
importante en 80 años, también es tema de preocupación
del imperialismo. De los años dorados a principios de la década
de los 90, cuando bajo el gobierno de César Gaviria se inició
la entrega de las empresas estatales a los capitales internacionales,
hoy sólo quedan las ruinas de un aparato productivo totalmente
paralizado, un sistema financiero con pérdidas billonarias, la
quiebra del sistema de crédito agrario y, por ende, del campo colombiano,
un desempleo que ronda el 21% de la población económicamente
activa y una galopante deuda externa que, en sólo dos años
de mandato de Pastrana, aumentó en 5.500 millones, llegando a 38.000
millones dólares.
Las enfermedades, erradicadas hace muchos años, hacen estragos;
el 55% de la población vive en la miseria; el salario mínimo
mensual, que cobran 4 millones de personas, no sobrepasa los US$130; se
cierran centros educativos, clínicas y hospitales y escasean las
fuentes de empleo de manera alarmante.
El imperialismo y la burguesía colombiana pretenden continuar con
las compras a precio de remate e incrementar la inversión extranjera,
pero tienen el grave inconveniente que el país es considerado por
las empresas evaluadoras internacionales como de alto riesgo, lo cual
no posibilita la inyección de capitales frescos que incentiven
la producción y se supere la grave crisis económica.
Pero el Plan Colombia también se propone garantizar el control
de miles de hectáreas que han sido colonizadas por campesinos pobres
y de una región con inmensas reservas de hidrocarburos. El departamento
del Putumayo, en la selva amazónica, posee casi 100.000 nuevas
hectáreas cultivadas por miles de familias con productos de pancoger,
tras las cuales se encuentran gremios como FEDEPALMA (Federación
de Cultivadores de Palma Africana), AUGURA (gremio de los productores
de banana) y FEDEGAN (gremio ganadero), que pretenden imponer una contrarreforma
agraria en la cual se sustituya la producción campesina por el
dominio de grandes cultivadores que se beneficiarían de la mano
de obra campesina e indígena con renovadas y "modernas"
formas de servidumbre .
Pacificar el país y garantizar el control de estas zonas estratégicas
es, entonces, objetivo prioritario de los gobiernos de Pastrana y Clinton,
para darle continuidad a las privatizaciones que hoy se encuentran empantanadas,
asegurar el pago de los servicios de la deuda externa que consume 9 mil
millones de los 28 mil millones de dólares que constituyen el presupuesto
nacional, recuperar el sistema financiero y controlar una zona de inmensos
recursos naturales que hoy se encuentra en poder de miles de familias
campesinas que se dedican a los cultivos prohibidos.
Las recetas del FMI, encaminadas a disminuir el déficit fiscal,
reducir el costo de la mano de obra por la vía de la congelación
salarial, legalizar impuestos como el 3x1000 que se efectúa por
cada transacción financiera y achicar el Estado despidiendo a miles
de empleados públicos, conforman la otra columna de los planes
de contrarrevolución económica que el imperialismo y sus
lacayos colombianos, pretenden aplicar a costa de sumir en la miseria
a la población colombiana.
Desactivar las luchas en curso
El país asiste desde 1995 a un ascenso generalizado en las luchas
de los trabajadores de la ciudad y el campo. Movilizaciones campesinas
con cortes de ruta, paros nacionales por semanas de empleados públicos,
dos paros nacionales convocados por las centrales obreras agrupadas en
el Comando Nacional Unitario, levantamientos urbanos contra la privatización
y el encarecimiento de las tarifas de los servicios públicos, tomas
de sedes de entidades nacionales e internacionales por parte de familias
desplazadas por la violencia y paros cívicos a nivel local, departamental
o regional, son las expresiones más comunes de las luchas del pueblo
colombiano.
Las luchas trascienden lo reivindicativo y cuestionan de fondo las políticas
económicas, sociales y militares del gobierno colombiano y la intromisión
norteamericana, como se expresó en la lucha contra el Plan Nacional
de Desarrollo o en las movilizaciones celebradas con ocasión de
la visita de Bill Clinton a Colombia. Las masas movilizadas ya no se contentan
con promesas como en épocas anteriores sino que exigen la presencia
de funcionarios del gobierno con capacidad de negociación y el
cumplimiento efectivo de los acuerdos.
Pese a la represión, la acción criminal de las bandas paramilitares
y la ilegalización de la protesta obrera, campesina y popular,
cada día se suman nuevos destacamentos a la lucha en demanda de
solución a sus necesidades más sentidas. No hay semana que,
en las principales ciudades del país o centros agroindustriales,
no se registren movilizaciones y expresiones de protesta.
Al gobierno y al régimen no les ha quedado más remedio que
aceptar las diversas acciones de protesta, lo que anima a las bases gremiales
que, con su accionar, la mayoría de las veces logran triunfos.
Sin duda, el movimiento campesino ligado a los cultivos ilícitos
y los empleados estatales constituyen la vanguardia de estas imponentes
luchas, que logran golpear a la institucionalidad e incrementar los roces
interburgueses. En estos sectores se juega la suerte de la construcción
de la dirección revolucionaria que conduzca exitosamente al pueblo
colombiano en su lucha contra los planes del imperialismo y las clases
dominantes en Colombia.
El Plan Colombia pretende desactivar las contundentes acciones del movimiento
de masas invitando a Palacio de Gobierno a los dirigentes de las centrales
obreras para comprometerlos en procesos de concertación; pactando
por separado pequeñas concesiones a los gremios del magisterio,
la salud, telecomunicaciones y petroleros, a la par que intenta dividir
las luchas en curso y golpear a los sectores más dinámicos
del movimiento obrero y popular, cerrando empresas y despidiendo trabajadores.
Su estrategia es impedir, a toda costa, la unidad obrera y campesina,
que es la clave de las luchas del pueblo colombiano en la actualidad.
Lastimosamente, las direcciones del movimiento de masas en la ciudad y
el campo no tienen una política que apunte en esta dirección
y cada una de ellas hace hasta lo imposible para evitar que todas las
luchas se unifiquen. El Comando Nacional Unitario no tiene una política
para hacer suyas las reivindicaciones de los pobres del campo y dirigir
consecuentemente su lucha, mientras que las direcciones de las organizaciones
guerrilleras se coloca a un lado de las grandes acciones convocadas por
el movimiento obrero y sindical.
Diezmar la capacidad ofensiva guerrillera, golpeando su base social y
económica
Como parte de las luchas del pueblo colombiano, las acciones de las organizaciones
guerrilleras se erigen como uno de sus componentes más importantes.
Las FARC superó la etapa de crisis política y militar vivida
bajo el gobierno de Gaviria, multiplicó sus efectivos militares,
ha hecho presencia en importantes zonas donde no la tenía; ha logrado
un fuerte equipamiento y, durante todo el tiempo de negociación,
ha sacado los mayores réditos frente a un gobierno que cada vez
es más débil y que sólo tiene en las negociaciones
con la guerrilla la única bandera para mostrar a nivel nacional
e internacional.
La recuperación de las FARC está ligada a las movilizaciones
campesinas que enfrentaron las fumigaciones y la represión militar
en zonas de plantaciones ilícitas, lo cual -además de garantizarle
una importante base social- le asegura importantes medios económicos
para enfrentar en mejores condiciones al ejército nacional.
Conquistas importantes como la definición por parte del gobierno
de un área de despeje donde no se desarrolla confrontación
militar para desarrollar los diálogos, los duros golpes que le
propina al ejército en zonas periféricas y la importante
cobertura política a nivel internacional también son expresión
de su fortalecimiento.
Conscientes de esta situación, el gobierno y el imperialismo pretenden,
con el Plan Colombia, desarrollar una fuerte ofensiva sobre sectores del
campesinado ligado al cultivo de plantas de coca y amapola, que son sin
duda la vanguardia de las luchas que se presentan en el campo colombiano.
Sobre esas zonas, el gobierno arreciará las fumigaciones, incrementará
el desplazamiento forzado de millares de familias e intentará desarticular
la resistencia mediante el montaje de fuertes operativos militares asesorados
directamente por especialistas del ejército norteamericano que
han tenido a su cargo el montaje de tres nuevos batallones y el adiestramiento
de cientos de soldados profesionales.
El objetivo salta a la vista: se trata de menguar la capacidad de lucha
y movilización de los campesinos ligados a los cultivos "ilícitos",
principal nutriente y mayor fuente de financiamiento de las FARC en los
últimos cinco años, para diezmar la capacidad ofensiva de
la guerrilla, propinarle golpes militares y continuar las negociaciones
en condiciones más favorables para la burguesía y el imperialismo.
Esta ofensiva no pretende la derrota militar de la guerrilla ni va a contramano
de los procesos de negociación, como lo afirman diversos analistas
políticos y como lo han dejado entrever en varias oportunidades
las direcciones guerrilleras.
A pesar que una considerable proporción de los recursos del Plan
Colombia están destinados a la creación de nuevos batallones,
a la adquisición de una flotilla de helicópteros para adelantar
la persecución "en caliente" de la guerrilla y las bandas
de narcotraficantes y a la profesionalización del ejército
colombiano, ello no significa que el propósito sea el de teledirigir
una guerra frontal que conlleve al aplastamiento militar de la guerrilla.
El imperialismo norteamericano ha apoyado y bendecido el proceso de negociación.
No por casualidad, altos dignatarios de su gobierno y personalidades del
mundo de los negocios han hecho presencia en la Zona de Distensión.
Incluso se han entrevistado directamente con dirigentes de la guerrilla
en San José de Costa Rica, lo que muestra a las claras que su política
privilegiada para resolver la crisis del país pasa por lograr un
sólido acuerdo que permita que las FARC se incorporen al régimen
y hagan parte del juego democrático burgués como se hizo
en su momento con el M-19 en Colombia, con el FMLN en el Salvador, el
FSLN en Nicaragua o con la URNG en Guatemala. De manera complementaria,
el imperialismo norteamericano y europeo refuerzan su política
de zanahoria con el "condicionamiento" de entregar nuevos recursos
al gobierno de Pastrana, siempre y cuando se protejan los derechos humanos
y se respete el Derecho Internacional Humanitario, tratando de enchalecar
al resto de las direcciones del movimiento de masas que no están
comprometidas en la confrontación militar.
Pero lo que también tiene claro el imperialismo es que las condiciones
en la negociación las ha venido imponiendo la guerrilla, fortalecida
por el incremento de las luchas y por la debilidad del gobierno y el desgaste
del ejército nacional, que acusa cansancio y desmoralización
luego de tantos años de confrontación.
En consecuencia, el 25 ó 30% de los recursos del Plan Colombia
que serán utilizados en el componente militar, obedece en lo fundamental
al propósito de lanzar una ofensiva política y militar contra
la guerrilla que le permita propinarle importantes golpes, restarle capacidad
de acción ofensiva, desarticularle sus fuentes de financiación
y desligarla de su base social, lo que sin duda favorecerá al imperialismo
y la burguesía colombiana para imponer sus condiciones a la dirección
de la guerrilla en la mesa de negociación.
Los dividendos obtenidos por el imperialismo en la aplicación de
esta política de negociación los sintetiza muy bien James
Petras, al hacer una evaluación de los resultados de las negociaciones
entre el imperialismo y las organizaciones guerrilleras: "Posteriormente,
con los así denominados Acuerdos de Paz, éstos países
(Nicaragua, Guatemala y El Salvador) devastados se transformaron en paraíso
de especuladores; los pobres campesinos se quedaron sin tierras; los que
atropellaban los derechos humanos se mantuvieron en el poder y los oligarcas
volvieron a reclamar sus propiedades desde Miami. Los antiguos comandantes
guerrilleros se adaptaron sin gran esfuerzo a sus nuevos cargos en el
Parlamento, llegaban a acuerdos con los políticos de derecha, cobraban
unos sueldos sustanciosos, vivían protegidos por las alambradas
de espino y los altos muros de las villas, mientras las clases populares
se abstienen de participar en los procesos electorales.."
Pero, como marxistas, tampoco podemos descartar que el imperialismo modifique
sustancialmente su política de negociación y se incline
por una intervención militar directa a través de sus tropas
ante la eventualidad de que el ascenso del movimiento de masas se profundice
y vaya más allá de lo que pretenden las direcciones y la
propia guerrilla.
Lo que también tenemos claro es que, independiente del rol y política
de la dirección de las FARC y de la táctica que privilegie
el imperialismo, a la par que llamamos a combatir el Plan Colombia, levantaremos
en alto las banderas de defensa de las FARC contra todo ataque militar,
bien sea de las Fuerzas Armadas, de los paramilitares o de cualquiera
de éstos bajo el asesoramiento de imperialismo norteamericano,
además que reivindicamos que se le reconozca como fuerza beligerante
lo que, por supuesto, no implica apoyar su política de negociación,
sus métodos y mucho menos el programa que levanta.
Un Plan para taponar los vasos comunicantes de la revolución en
los países del Área Andina
Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Colombia sintetizan de la mejor
manera los rasgos globales que caracterizan la situación política
en América Latina. Una crisis económica sin precedentes,
un ascenso revolucionario de las masas que se resisten a la aplicación
de los planes económicos y, por último, la agudización
de la crisis de los regímenes democrático burgueses encargados
de aplicar las recetas del FMI.
El "Caracazo" y la derrota histórica que el pueblo venezolano
infringió a los partidos de la burguesía; las multitudinarias
movilizaciones indígenas, campesinas, obreras y estudiantiles en
Ecuador que han liquidado varios gobiernos; la renuncia de Fujimori en
Perú que empieza a cerrar el capítulo de la odiosa dictadura
fujimorista y constituye el más resonado triunfo de las masas en
Latinoamérica de los últimos años; los intensos combates
que libran los campesinos y trabajadores bolivianos contra el gobierno
de Banzer y el incremento de las luchas campesinas, sindicales y populares
en Colombia son la prueba palpable de la confrontación de las masas
a los gobiernos y regímenes que intentan aplicar el modelo económico
imperialista encaminado a privatizar, saquear y superexplotar a los trabajadores
de estas naciones.
Frente a esta situación el imperialismo intenta reacomodarse, aunque
en condiciones adversas. Tiene otros frentes de tormenta como el conflicto
de Medio Oriente. Tampoco el síndrome de Vietnam ha sido superado
y sectores de masas norteamericanas no ven bien las intervenciones militares.
El imperialismo no logró un respaldo total y explícito al
Plan Colombia por parte de todos los gobiernos latinoamericanos. No porque
los Cardozo, De la Rúa, Lagos o Batlle no sean agentes del imperialismo,
sino porque saben que los pueblos repudian la presencia yanqui. Por eso
dan un apoyo encubierto, como el caso de Brasil, que ha movilizado 22.000
soldados para custodiar sus fronteras y ha encarcelado al ex cura Francisco
Collazo acusándolo de "reclutar para la guerrilla colombiana".
Así y todo el gobierno norteamericano se juega a fondo por intervenir
en la región con el claro propósito de revertir la crisis,
su retirada de Panamá e impedir que el ascenso revolucionario derribe
los regímenes democrático burgueses que hoy se encuentran
en franca decadencia. A diferencia de los 80´s, no tiene mayores
recambios, pues tiene que apuntalar a los mismos sectores e instituciones
que se encuentran en crisis y son confrontados por las masas, lo que le
obliga más que nunca a apostar a la presión militar y a
los procesos de negociación con las direcciones del movimiento
de masas para desactivar la conflictiva situación que se vive en
la región. En síntesis, "zanahoria y garrote",
que tan buenos resultados dio para contener la revolución en Centroamérica.
Desde esta perspectiva, está claro que el Plan Colombia pretende,
entre otros objetivos, taponar los vasos que comunican y retroalimentan
la situación revolucionaria que viven estos cinco países
del Área Andina. Como afirman varios senadores norteamericanos,
se trata de colocar un torniquete, que impida que la revolución
se esparza por el área, poniendo en serios aprietos el control
y la hegemonía que el imperialismo norteamericano ha tenido sobre
esta parte del continente.
Alerta, alerta, alerta que camina el antiimperialismo por América
Latina
Las distintas vertientes políticas nacionales e internacionales
tendremos diversas interpretaciones sobre el contenido del Plan Colombia
y sus estrategias, pero lo que sí tenemos claro es que significa
una fuerte ofensiva imperialista de injerencia y agresión, no sólo
contra Colombia, sino contra el libre derecho a la autodeterminación
de nuestras naciones y la dignidad de nuestros pueblos, la cual hay que
rechazar de manera contundente.
Los diversos pronunciamientos que eventos nacionales e internacionales
han producido en contra de este plan, señalan a las claras que
existen inmejorables condiciones para coordinar la unidad de acción
antiimperialista contra el gobierno de los Estados Unidos, de Pastrana
y de todos aquellos que están comprometidos con su ejecución.
En la ciudad de Manta -en Ecuador- contra la base militar gringa, en el
foro sobre los procesos de paz realizado en San José de Costa Rica,
en las calles de Buenos de Aires rechazando la presencia de Pastrana,
en los Congresos Sindicales de la CUT en Colombia y Brasil, en los Encuentros
Nacionales Estudiantiles en Cartagena y Tunja, en el Foro Obrero y Popular
en Pereira, en las declaraciones de organizaciones solidarias con la causa
del pueblo colombiano, empieza a retumbar la consigna: Abajo el Plan Colombia,
Fuera yanquis de Colombia y de América Latina.
La Central Unitaria de Trabajadores de Colombia, en su reciente plenario
de dirección nacional ha votado la realización de un Encuentro
Mundial Sindical de Solidaridad con el pueblo colombiano y en contra del
Plan Colombia para el primer trimestre del año 2000, que coincida
con la realización de un Paro Nacional de 24 horas para el 15 de
marzo.
No hay mejor oportunidad que ésta para que todas las organizaciones
gremiales, democráticas, antiimperialistas, socialistas y revolucionarias
del continente y el mundo entero empecemos los preparativos para realizar
eventos por país y garantizar la presencia de nutridas delegaciones
a este encuentro que es un compromiso de primer orden en la lucha contra
los planes del imperialismo norteamericano.
La UIT-CI se pone a disposición de este evento y llama a concretar
una gran movilización mundial para derrotar el Plan Colombia y
realizar, unitariamente, en cada país, todo tipo de acciones, encuentros,
actos, etc, en solidaridad con el pueblo colombiano.
No se puede fallar a esta cita. El pueblo colombiano demanda la más
amplia solidaridad para derrotar tan nefasto plan imperialista de agresión.
Está en juego la libre autodeterminación y la dignidad de
nuestros pueblos pisoteadas permanentemente.
Hoy más que nuca debemos gritar a voz en cuello, Fuera yanquis
de Colombia, Manta, Guantánamo, Viequez, Panamá y toda América
Latina.
La crisis del gobierno de Pastrana
El gobierno de Pastrana y el establecimiento institucional colombiano
amenazan con venirse abajo. La tierra se abre a sus pies y los temores
de todos los que tienen algo que perder aumentan hasta llegar al paroxismo.
No es casual que el Plan Colombia contemple entre sus objetivos más
importantes, apuntalar al gobierno de Pastrana y recomponer el maltrecho
régimen.
Nunca hubo un presidente que a la mitad de su mandato fuese tan cuestionado
como lo es el de Andrés Pastrana. El mismo que se jactaba de haber
sacado la más alta votación en la historia del país,
hoy está contra las cuerdas. En abril del 2000, a sólo veinte
meses de haber asumido, su coalición de gobierno, la "Alianza
para el Cambio", sucumbió.
No fue un rayo en noche serena. Fue el resultado inevitable de una gestión
que no logró responder a los grandes problemas del país.
Fue incapaz de contener la crisis económica gestada desde gobiernos
anteriores y que explotó bajo su mandato. La corrupción,
flagelo nacional y al cual el presidente se comprometió erradicar,
con renovados ímpetus y patrocinado desde el Ejecutivo y el Ministerio
de Hacienda, hizo demostración de sus mejores galas. El proyecto
de reforma política, con el cual se pretendía lograr un
nuevo marco de acuerdo interburgués para contener la crisis y lograr
la gobernabilidad, fracasó estrepitosamente. Y su gran caballito
de batalla, los acuerdos de paz con las organizaciones insurgentes, no
avanzó sustancialmente, sembrando grandes preocupaciones a la burguesía,
los terratenientes y el imperialismo. En su editorial del 6 de agosto,
El Tiempo sintetiza de la mejor manera lo sucedido: "Dos años
después, el hecho de que los índices de impopularidad del
presidente Pastrana sean los más altos que jamás haya registrado
mandatario alguno en la mitad de su mandato, da la medida de la desilusión
colectiva que hoy embarga a los colombianos. Existe la sensación
de que Pastrana no ha estado a la altura del desafío; de que subestimó
su complejidad o no estaba preparado para asumirlo".
La coalición Alianza para el Cambio, de la cual hicieron parte
prominentes figuras del liberalismo comprometidas con la fracción
que orienta César Gaviria, con más pena que gloria abandonó
por la puerta de atrás la Casa de Nariño. El presidente
Pastrana, no tuvo más remedio que recomponer el gabinete, dando
paso a una nueva fórmula de gobierno, en la que se integró
a uno de sus más grandes críticos, el liberal Juan Manuel
Santos, miembro de la dinastía Santos, propietarios del influyente
diario El Tiempo; mientras que como Ministro del Trabajo nombró
a un ex dirigente sindical, Angelino Garzón, en un desesperado
intento por impedir el hundimiento del barco. Al nuevo equipo de gobierno,
Pastrana lo denominó pomposamente de "Unidad Nacional".
Pero todos los esfuerzos del gobierno han sido en vano. La crisis le
sigue ganando la partida y hoy vive sus peores días, escasamente
sostenido por el aval incondicional que le brinda desde Washington el
imperialismo norteamericano y por la política cómplice de
las direcciones del movimiento obrero y campesino, que siguen jugados
a "no contribuir en la desestabilización del país",
porque igualmente ellos también tienen mucho que perder ante una
agudización de la crisis del gobierno, ya que se acabarían
las mesas de diálogo y concertación, donde a manteles con
los empresarios, tratan de distribuirse las migajas de un país
en quiebra.
Si por el gobierno llueve, por el régimen no escampa
Pero la situación del país es mucho más compleja
que un simple deterioro de la imagen del gobierno de Pastrana. Es toda
la estructura institucional la que se encuentra sacudida por una profunda
crisis.
La institución presidencial no tiene el peso de otras épocas.
El Congreso ha quedado en evidencia como lo que es, una cueva de ladrones.
El poder de la iglesia católica se ha minimizado. La justicia se
mueve entre la corruptela y la impunidad. Mientras que las fuerzas armadas,
luego de 50 años de lucha "antisubversiva", es presa
del cansancio, hastío y sufre los golpes que le propina una guerrilla
fortalecida.
Los partidos tradicionales, liberal y conservador, ya no arrastran a
las masas como en otros tiempos. En los comicios electorales del 29 de
octubre, el Partido Conservador del cual proviene Pastrana ha sido barrido
del mapa político colombiano, mientras que el Liberal ha quedado
gravemente debilitado, frente a los candidatos independientes. En el caso
de Bogotá las elecciones dieron como ganador a Antanas Mockus,
candidato que ha derrotado a María Emma Mejía, candidata
del partido liberal apoyada por la más rancia aristocracia colombiana.
Las opciones independientes que pulularon en todo el país, evidenciando
la ruptura política del pueblo colombiano frente a las opciones
bipartidista, comenzaron a socavar una hegemonía de 170 años.
Otros hechos significativos. Un dirigente indígena del paro del
Macizo Colombiano de octubre del 99, le ganó las elecciones a gobernador
al candidato unificado de liberales, conservadores y terratenientes en
el departamento del Cauca. Un lustrabotas, que evocó la figura
del periodista Jaime Garzón, asesinado por los grupos paramilitares,
quien no tuvo tan siquiera los recursos para tomarse una foto para figurar
en el tarjetón electoral, logró una banca al Concejo de
Bogotá, obteniendo el apoyo de 18.000 votantes. En el Putumayo,
una quinta papeleta, que exigía del gobierno la atención
a sus necesidades, superó la votación alcanzada por todos
los candidatos en el departamento. Y el voto en blanco se convirtió
en una poderosa opción, a la cual recurrieron casi un millón
de colombianos.
Las contradicciones interinstitucionales, que reflejan el agravamiento
de los roces entre sectores de la burguesía, ha conllevado a que
el país navegue a la deriva, sin Plan Nacional de Desarrollo porque
la Corte Constitucional lo ha declarado inexequible. Pero la Corte fue
mucho más allá. Ha conminado al gobierno a pagar, con retroactividad
al primero de enero de 2000, el aumento salarial a más de 600.000
trabajadores colombianos a quienes les habían congelado el sueldo,
a la vez que advirtió que Pastrana no podrá reestructurar
el Estado, dando un duro golpe a los planes de gobierno y evidenciando
la profundidad de la crisis institucional que atraviesa el país.
Las Fuerzas Armadas, presas de la corrupción, que han sufrido
duros golpes militares por la guerrilla y que gozan de amplio desprestigio
entre franjas de la población también viven su propio drama.
Ni siquiera un éxito militar, como el que permitió el rescate
de 30 personas secuestradas por el ELN, les ha brindado réditos;
por el contrario, la sed de protagonismo del gobierno, del Ministro de
Defensa y de la cúpula de las Fuerzas Armadas, provocó la
renuncia del General que llevó a cabo la operación contra
el ELN.
La presión de la lucha democrática interna y la denuncia
de las organizaciones defensoras de los derechos humanos llevó
a que el gobierno tuviese que destituir a casi 300 militares de alto rango,
involucrados en violaciones de los derechos humanos, participación
en la organización de bandas paramilitares o violación al
derecho internacional humanitario.
La existencia y actuación de la guerrilla, independientemente
de su programa y su política, es otro grave factor de crisis del
régimen antidemocrático y represivo.
Las bandas paramilitares, que durante una época fueron la herramienta
preferencial utilizada por los gobiernos liberales y conservadores para
adelantar la acción criminal de liquidar dirigentes de las organizaciones
sindicales, populares, campesinas y de izquierda y sembrar el terror en
zonas de influencia guerrillera, hoy han logrado autonomía de vuelo.
Se oponen, armas en la mano, a los procesos de negociación con
el ELN y, el pasado 2 de noviembre, se han declarado en rebelión
contra el gobierno de Pastrana, secuestrando a siete senadores de filiación
liberal y conservadora para presionar al gobierno a renunciar a su política
de canje con las FARC, generando un nuevo frente de crisis no sólo
al gobierno sino de conjunto a la institucionalidad colombiana.
Impulsar la movilización para acabar de fracturar al gobierno
y el régimen
Definitivamente los gobiernos y regímenes que aplican las recetas
fondomonetaristas viven su peor crisis en todo el mundo. Cuestionados
por las masas, viven una situación de tal inestabilidad que abre
condiciones excepcionales para que la movilización de las masas
los derribe por la vía revolucionaria.
Esa oportunidad se presenta en Colombia. Desgraciadamente, como lo ha
venido denunciando Unidad Obrera y Socialista -UNIOS-, sección
de la UIT en Colombia, el compromiso de las direcciones del movimiento
obrero, campesino, popular e insurgente ha sido uno de los principales
obstáculos que impiden que la lucha obrera, campesina y popular
rebase los estrechos marcos reivindicativos para dar curso a una batalla
frontal que derribe al gobierno de turno y toda la parafernalia criminal
que la burguesía y el imperialismo han montado en el país
para ahogar en sangre las aspiraciones democráticas de las masas.
Como lo plantea UNIOS, no serán los acuerdos surgidos de los diálogos
de paz entre el establecimiento y la guerrilla, ni de las mesas de concertación
entre el gobierno y los burócratas sindicales los que resolverán
las más apremiantes necesidades de las masas colombianas.
La lucha unificada y masiva del pueblo, derrotando en las calles las
recetas de hambre que impone el FMI y la contraofensiva burguesa e imperialista
del Plan Colombia, abrirá condiciones excepcionales para empezar
a resolver los graves problemas que aquejan la nación. Pero ello
sólo no basta si no se liga a la tarea de luchar por el poder,
para instaurar un gobierno de los trabajadores y campesinos pobres, que
efectivamente rompa los lazos de dependencia con el imperialismo, que
expropie a los grandes terratenientes y ejecute una radical reforma agraria;
que desconozca la deuda externa y los recursos los ponga al servicio de
un plan económico de reconstrucción al servicio de los de
abajo; que expropie sin indemnización a todas las multinacionales
que roban los recursos naturales y explotan la mano de obra nativa; que
conceda amplias libertades democráticas para la población
y castigue a los responsables intelectuales y materiales de las masacres
y asesinatos de los líderes obreros y populares, todo ello como
parte de la revolución socialista en Colombia, América Latina
y el mundo.
Rodrigo Ayala y Mario S.
UN PODEROSO ASCENSO EN LAS LUCHAS
Rodrigo Ayala y Miguel Vivas
Los noticieros internacionales de televisión y los corresponsales
de los más importantes diarios del mundo que cubren la situación
política colombiana, no cesan de mostrar permanentemente la álgida
confrontación militar que se vive en el país. Paros armados,
masacres de las bandas paramilitares, tomas guerrilleras, poblaciones
devastadas por los enfrentamientos, éxodos masivos de campesinos,
bombardeos del ejército a zonas de influencia guerrillera y combates
"en vivo", hacen parte de los titulares y cortinas que a diario
los medios de comunicación difunden al mundo entero.
Nada de ello es mentira, ni montaje periodístico de los medios
para cautivar audiencia e incrementar la venta de los productos de sus
patrocinadores. Todo ello hace parte de la realidad colombiana. Es más,
agregaríamos nosotros, hay oportunidades en que la información
difundida no logra reflejar en toda su dimensión los hechos que
acontecen en diversos puntos de la geografía nacional.
No es extraño, entonces, que muchos comentaristas políticos
e incluso organizaciones políticas de izquierda concluyan que efectivamente
la situación política colombiana hay que estudiarla desde
el prisma de la confrontación militar que se opera en extensas
áreas del territorio colombiano, y no faltan quienes caractericen
que se vive una auténtica guerra civil.
Como es de esperarse, estas apreciaciones generan un importante debate
en las filas de las organizaciones de masas, de la izquierda en general
y del movimiento revolucionario en particular. Es por tanto más
que necesario aproximarse de la mejor manera a la realidad colombiana,
caracterizar efectivamente cuál es la dinámica de la lucha
entre las clases, la situación de los sectores en contienda y el
programa y la política de las direcciones comprometidas, como paso
previo para la elaboración de una política que se ajuste
a tales condiciones y permita catapultar la acción revolucionaria
de la masas.
Colombia vive un excepcional ascenso de lucha de las masas
Lo que lamentablemente muchas veces no pueden apreciar los televidentes
de otras naciones y los lectores de prestigiosos diarios internacionales,
es que la situación colombiana es mucho más que confrontación
armada. Son las grandes movilizaciones campesinas, muchas dirigidas por
la guerrilla pero otras acaudilladas por nuevas direcciones.
Una sintética reseña nos muestra lo siguiente. En octubre
del año pasado 20.000 campesinos e indígenas al suroccidente
del país realizaron un paro durante tres semanas. En las negociaciones,
el gobierno se comprometió a destinar partidas por 75 millones
de dólares para atender las exigencias de la población.
Fruto de esa misma lucha se generó un movimiento político
electoral denominado Bloque Social Alternativo, liderado por un dirigente
indígena que, en las recientes elecciones a gobernador, obtuvo
150.000 votos, derrotando por más de 15.000 votos al candidato
de liberales, conservadores y terratenientes del departamento.
Igualmente significativas han sido las acciones que se desarrollan en
los grandes centros urbanos por parte de los trabajadores organizados
sindicalmente. Los trabajadores del Estado ha desarrollado en cinco años
tres grandes paros nacionales. El más importante se desarrolló
a escasos dos meses de haber asumido Pastrana, durando 25 días,
y colocando en serios aprietos a un presidente que acababa de obtener
la votación más alta en la historia del país.
Después de 22 años del paro cívico nacional de septiembre
de 1977, las centrales obreras, presionadas por la lucha, tuvieron que
dar paso a la conformación del Comando Nacional Unitario, la elaboración
de un pliego nacional de 42 puntos y la realización de un paro
nacional de carácter indefinido, que inició el 31 de agosto
y finalizó al día siguiente cuando la dirigencia sindical
se comprometió con el gobierno a levantarlo, asustados por las
dimensiones que la acción estaba alcanzando a nivel nacional. Nuevamente
el 3 de agosto del presente año se convoca a un paro nacional,
con una participación del 70 al 80% de la población y con
grandes concentraciones en la mayoría de las ciudades del país.
La lucha de los trabajadores estatales ha logrado que la Corte Constitucional
conmine al gobierno nacional a reconocer el aumento salarial a partir
del primero de enero del 2000, el cual había sido congelado por
directriz presidencial. El Plan Nacional de Desarrollo que politizó
la lucha del pueblo colombiano en marzo y abril del 99 y que fue aprobado
a "pupitrazo" en el Congreso Nacional, es declarado un año
después, por la misma Corte, como inconstitucional.
Los trabajadores de la salud, acosados por el no pago de los salarios
y la falta de presupuesto para los hospitales, taponaron dos vías
importantes del país y se tomaron las instalaciones de dos grandes
hospitales en Bogotá, obligando al gobierno a entregar las partidas
presupuestales para la reapertura de los mismos. Los trabajadores del
municipio de Cali, importante ciudad al suroccidente del país,
en varias oportunidades se han tomado el edificio de la alcaldía,
el estadio de fútbol y diez días antes de las elecciones
se tomaron los talleres donde se encontraban las urnas y mesas para la
votación, lo que presionó a las autoridades a iniciar una
negociación con los trabajadores.
Los sectores populares también salen al combate. Los pobladores
del departamento de La Guajira, al norte del país, salieron a las
calles para enfrentar los controles aduaneros a los productos que ingresan
por la frontera con Venezuela o llegan por el Mar Caribe, culminando con
un importante triunfo. En varios municipios de la Costa Atlántica
se producen corte de las rutas, exigiendo a las empresas de servicios
públicos la congelación de las tarifas y, en varios departamentos,
azuzados por el no pago de sus salarios, los trabajadores paralizan sus
actividades, se toman las sedes de las entidades de gobierno y provocan
una situación traumática, que obliga a que la Federación
Nacional de Alcaldes (mayoría liberales y conservadores), amenacen
con un paro nacional si el gobierno nacional no cumple con las transferencias
presupuestales para atender las exigencias de sus poblaciones. La respuesta
del gobierno, como era de esperarse, fue la de comprometerse con girar
los recursos.
La cantidad de acciones del movimiento sindical, que sería largo
de enumerar, no es lo cualitativo. Lo más importante a destacar
es que todos aquellos que salen a la lucha hacen retroceder al gobierno
y obtienen importantes conquistas que echan por tierra los planes de hambre
y miseria.
En conclusión, puede decirse que lo determinante en Colombia es
el ascenso de las luchas sindicales, campesinas, populares y estudiantiles
y que la lucha insurgente es un componente muy importante, pero que no
logra todavía superar lo que de conjunto hacen las masas a nivel
nacional.
El papel de las direcciones mayoritarias y el surgimiento de nuevas direcciones
El grave problema que afronta el movimiento de masas en Colombia es el
de su conducción. Las direcciones de las organizaciones insurgentes
y de las centrales obreras se encuentran comprometidas con los procesos
de diálogos para la paz y de concertación, lo que no favorece
que se concrete la unidad obrera y campesina que daría un impulso
cualitativo a la situación de ascenso que se vive en el país
y abriría las posibilidades de una gran crisis nacional a corto
plazo.
Las organizaciones guerrilleras no participan de las acciones del movimiento
urbano y, por su parte, las direcciones de las centrales que confluyen
en el Comando Nacional Unitario no hacen esfuerzos por coordinar y potenciar
las luchas de los trabajadores. Los paros realizados han salido contra
su voluntad y, por eso, no se han puesto a la cabeza de su preparación.
Y cuando estallaron, corrieron al lado del gobierno para comprometerse
a levantarlo a cambio de migajas.
Su compromiso en la reestructuración del Instituto de los Seguros
Sociales, su disposición a no solicitar aumentos salariales para
"contribuir" a reducir el déficit fiscal, la convocatoria
de acciones esporádicas que no se realizan y que desmoralizan a
los trabajadores, son entre otros, hechos que reflejan el poco interés
de las direcciones del movimiento sindical en impulsar la lucha de los
trabajadores y, mucho menos, acompañar y disponerse a dirigir las
luchas del movimiento campesinado contra las fumigaciones y por una reforma
agraria.
Es esta situación la que ha posibilitado que algunos proyectos
del gobierno pasen y se golpee a importantes sectores de la ciudad y el
campo, pero sin que ello cambie el signo positivo de la actual etapa de
la lucha de clases en Colombia.
Surgen nuevos instrumentos e instancias para el combate
En una clara demostración de resistencia, empieza a perfilarse
una nueva camada de luchadores que confrontan a las direcciones tradicionales.
El surgimiento del Comando Nacional Unitario, que convoca y dirige los
dos paros nacionales, obedece a la presión de los trabajadores
desde la base; las luchas que se suceden en el Macizo Colombiano se desarrollan
de manera independiente; los paros en el movimiento sindical estatal rompen
los chalecos impuestos por la burocracia; las luchas de los pobladores
desborda a los dirigentes tradicionales; la participación independiente
en el terreno electoral y las movilizaciones en universidades y colegios
preanuncian que se abre una nueva situación en la pelea por construir
una dirección que conduzca acertadamente las luchas del pueblo
colombiano.
El movimiento sindical, agrupado en la CUT, vota en su congreso de noviembre
del 99 la conformación de un Frente Social y Político, que
aunque se inscribe en la política de salida negociada a la crisis
colombiana, se propone organizar políticamente a los trabajadores
de manera independiente frente a los partidos tradicionales y la guerrilla.
Las masas que lucharon en el Macizo Colombiano, constituyeron su propio
movimiento inspirados en los lineamientos del Frente Social Político,
logrando imponer mediante las elecciones "su gobernador" indígena
en un departamento tradicionalmente controlado y manejado por los terratenientes,
lo cual ha generado todo tipo de expectativas.
El estudiantado universitario desarrolla dos congresos en los cuales participan
alrededor de 3.000 estudiantes en menos de un mes. Las corrientes sindicales
clasistas y las organizaciones políticas que no apoyan los procesos
de negociación se reúnen en la ciudad de Pereira y llaman
al pueblo colombiano a dar la batalla contra el Plan Colombia, la injerencia
imperialista y el gobierno de Pastrana.
Es esta la verdadera realidad que se vive en el país, la cual no
logran reflejar cabalmente los noticieros y periódicos internacionales.
De conjunto, en Colombia se vive un gran ascenso de las luchas sindicales,
campesinas y populares, donde sin lugar a dudas el movimiento insurgente
es un componente muy importante, pero no preponderante.
El Frente Social y Político, el Comando Nacional Unitario, las
organizaciones insurgentes y las revolucionarias ante una responsabilidad
histórica
Más que nunca se impone la política de impulsar la lucha
directa de las masas, de repudiar cualquier salida negociada a la crisis
del país y de rescatar la democracia obrera como método
fundamental para enfrentar a los enemigos de clase, para superar los vicios
que los burócratas han impuesto en las filas del movimiento sindical
y las "órdenes y decretos" que los estados mayores de
las organizaciones guerrilleras han puesto tan de moda en el país,
en su afán por remplazar la acción de las masas.
El Comando Nacional Unitario, el Frente Social y Político, las
organizaciones insurgentes y las organizaciones revolucionarias en Colombia
tenemos la responsabilidad histórica de conducir acertadamente
al pueblo colombiano en esta batalla crucial contra la injerencia imperialista,
los planes del FMI, contra el gobierno de Pastrana y por liquidar un régimen
profundamente reaccionario.
El Plan Nacional de Acción votado recientemente por la CUT (ver
detalle adjunto), es la gran oportunidad para que se centralice y coordine
la lucha a nivel nacional, se avance en la unidad obrera y campesina y
se construya la nueva dirección que correctamente guíe el
accionar de los trabajadores y el pueblo colombiano.
Nuestra sección en Colombia, UNIOS, se compromete a desarrollar
todas las actividades votadas por la CUT e invita a los nuevos luchadores
surgidos en las multitudinarias luchas a que, hombro a hombro, comencemos
a forjar un partido revolucionario.
La guerrilla y su política
Las FARC, Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, son la organización
guerrillera más importante y más antigua del país.
Se fundó en la década del 60 bajo la dirección de
quien sigue siendo su comandante Manuel Marulanda Vélez, el legendario
Tiro Fijo. Desde su origen fue una guerrilla estrechamente ligada al Partido
Comunista colombiano. Surgieron como parte de la autodefensa campesina
contra los grupos armados al servicio de los terratenientes. Las FARC
son los herederos de esa lucha que se desarrolla desde la década
del 50.
Es evidente que su permanencia en el tiempo y su actual fortalecimiento
expresa el creciente descontento social y, en especial, del campesinado.
Por eso mismo, la guerrilla es un factor desestabilizador y de crisis
política del régimen.
Lamentablemente las FARC han sido y son una organización para la
resistencia campesina y no una guerrilla cuyo eje sea la lucha por el
poder obrero y campesino. El mismo Tiro Fijo lo dice: "Las FARC quieren
un gobierno pluralista (que estén representados todos los partidos
y sectores sociales), democrático y patriótico"( entrevista
en la página web de las FARC).
El peso de las FARC
Desde 1995 hay un gran ascenso en las luchas campesinas que fortalecieron
a las FARC. Ellas acaudillaron las movilizaciones de 40.000 campesinos
en el Caquetá y Putumayo y otros 15.000 en el Magdalena Medio que
se oponían a la fumigación de sus cultivos y a la represión
del ejército. Desde enero de 1999 se inicia un nuevo proceso de
negociación. El gobierno tuvo que ceder a las FARC, despejar de
fuerzas militares un área de 40.000 km2 denominada la Zona de Despeje,
que comprende a cinco municipios de los departamentos del Meta y Caquetá
con el objetivo de que sea la zona de negociación.
Indudablemente, que la burguesía haya tenido que dar esa gran concesión
es un triunfo de la lucha popular y de las FARC. Pero las FARC no utilizan
esa ubicación para desarrollar un poder campesino y obrero alternativo
ni para buscar la unidad del campesinado con el movimiento obrero y sus
luchas urbanas. Una prueba de ello es que en la zona de despeje subsisten
las instituciones del régimen colombiano y siguen gobernado los
partidos burgueses. Por ejemplo, en las elecciones del 29 de octubre resultó
electa a la alcaldía de San Vicente del Caguán (municipio
sede de las negociaciones) un candidato del movimiento liderado por la
senadora liberal independiente Ingrid Betancourth. La población,
bajo control de las FARC, tampoco ha participado de los paros nacionales
realizados en los dos últimos años por el movimiento obrero
y popular.
¿Hay una guerra civil?
Entre muchos luchadores existe la creencia de que en Colombia hay una
guerra civil y que las FARC tienen el control de gran parte del país.
No es así. Si bien las FARC tiene mucha fuerza no es real, como
se dice, que controlen el 40% del territorio. El Area de Despeje abarca
el 4% del territorio nacional. Sobre la guerra civil, si tomamos a los
teóricos de la guerra de guerrillas, entre ellos el Che, consideran
que hay tres fases para llegar a ella. La primera es el pequeño
grupo inicial que hace acciones limitadas y se retira; la segunda fase
es de columnas que se mueven de 100, 150 o 200 personas. Estas dos fases
no las consideraba guerra civil. Sí la tercera; cuando se llega
a la guerra de posiciones, en donde se enfrentan 1000, 2000 o 5000 combatientes.
Son dos ejércitos enfrentados, con amplio dominio geográfico
y poblacional. Según el Che, es cuando se llega a la toma de las
grandes ciudades(*) y está planteada la derrota del otro ejército
y la toma del gobierno. La guerrilla colombiana, según las fases
del Che, estaría en la segunda. En Colombia aún no hay guerra
civil porque no existe una situación como en la Nicaragua del 79
en donde la guerrilla (el FSLN) controlaba ciudades importantes con el
apoyo masivo de la población. No es el caso de las FARC, que no
tienen el apoyo mayoritario del movimiento de masas. Tienen peso en un
sector del campesinado. Pero, por sus métodos y política,
no cuentan con simpatías entre los trabajadores y amplios sectores
populares.
No buscan la unidad campesina-obrera en la perspectiva del poder
Por eso nuestra crítica no es que ya podrían tomar el poder
y no lo hacen. Tampoco está en discusión el heroísmo
de los combatientes de las FARC. Respetamos su lucha y sacrificio de 40
años de combate. Y estamos en su misma trinchera ante todo ataque
militar del imperialismo y sus agentes. Lo que está en discusión
es su política y sus métodos de acción. Criticamos
que no se propongan luchar por el poder obrero y campesino. Las FARC tienen
otra propuesta política de poder: proponen compartirlo con la burguesía.
Hasta llegaron a apoyar, de hecho con la entrevista de Tiro Fijo, a Pastrana
en la segunda vuelta electoral. Por eso tampoco son consecuentes con su
programa original de reforma agraria. En la zona de despeje y donde tiene
presencia, por ejemplo, no hacen la reforma agraria. Conviven con los
terratenientes, a los que extorsionan con fuertes impuestos.
Tampoco tienen interés en unir su lucha al movimiento obrero urbano,
del cual se distancian cada vez más porque su política más
que propender a la unidad obrera y campesina, se aleja de esta perspectiva
al no apoyar y participar activamente de sus paros y jornadas de lucha.
Por otro lado, las acciones militares de la guerrilla en el campo no posibilitan
un acercamiento y apoyo de las masas. Las tomas de poblaciones, que tienen
por finalidad destruir estaciones policiales o guarniciones, dan como
resultado la devastación entera de los cascos urbanos generando
grandes pérdidas para sus pobladores. Igual acontece con los paros
militares que "decretan", en los que el único perdedor
son las masas que no pueden transitar con sus productos y que se ven seriamente
amenazadas en su integridad física, debiendo abandonar en masa
sus sitios de vivienda, condenados al hambre.
Sus equivocadas acciones no tienen como finalidad integrar a las masas
campesinas y urbanas a la confrontación armada en la perspectiva
de una guerra civil para pelear por tomar el poder, sino de colocarlas
al servicio de una salida negociada en los marcos del capitalismo.
No habrá paz sin derrotar al imperialismo y sus agentes
Tampoco nuestra corriente rechaza estas negociaciones de paz por una
cuestión de principios. En una huelga o en cualquier lucha popular
hay negociaciones, más en situaciones de retroceso o de graves
derrotas. Pero no es el caso de la guerrilla colombiana, que parece estar
en el momento más fuerte de las últimas décadas,
según sus propias declaraciones. Nosotros rechazamos la política
de las FARC en estas negociaciones que es la de pactar, con el argumento
de la paz, un nuevo gobierno burgués de unidad nacional. Que no
se engañe nadie: sin derrotar al imperialismo y a sus agentes nacionales
no habrá ninguna paz y seguirán los crímenes contra
los luchadores. Las propias FARC tienen la dolorosa experiencia de haber
aceptado "treguas" como las de los años 80 y que llevó
al aniquilamiento de cerca de 3.000 dirigentes y militantes de la Unión
Patriótica, que era su organización político-electoral.
La verdadera paz se va a lograr cuando se derrote al Plan Colombia, al
imperialismo, al gobierno de Pastrana, a sus planes de ajuste y se imponga
un gobierno obrero y campesino liderado por el Comando Nacional Unificado,
las organizaciones campesinas, indígenas y las fuerzas insurgentes.
No hay otra salida. En ese camino llamamos a la más amplia unidad
para derrotar al Plan Colombia y para solidarizarnos con la lucha obrera
y campesina colombiana. Llamamos a defender a las FARC y al ELN de todo
ataque militar y reivindicar su pleno derecho a que se las reconozca como
fuerzas beligerantes. Derecho que se han ganado por décadas de
resistencia a uno de los regímenes más siniestros del continente.
Sectores importantes de la vanguardia colombiana y latinoamericana miran
con simpatía a las FARC por enfrentar, armas en mano, a los paramilitares,
a las FF.AA. y al imperialismo. En ese marco, hacemos un fraternal llamado
a que cambien su política y sus métodos. En noviembre, las
FARC se retiraron de la mesa de negociaciones en repudio a los acuerdos
del gobierno con los paramilitares y al Plan Colombia. Saludamos como
positiva esta actitud. Llamamos a las FARC y al ELN a unirse a la lucha
obrera y popular, a no hacer acciones aisladas de ellas, a subordinarse
a las decisiones del movimiento obrero en la forma como lo define el Plan
de Acción de la CUT en su punto 8(ver recuadro) y a impulsar las
luchas en la perspectiva de imponer un poder obrero y campesino.
Miguel Covas
(*) Guerra de guerrillas: un método. Ernesto "Che" Guevara.
Artículo publicado en la revista Cuba Socialista, Nº 25, setiembre
1963.
Narcotráfico y legalización de la droga
Mercedes Petit
Los problemas con los cultivos de coca en Colombia los provoca el capitalismo
y no la cocaína. Más concretamente, el imperialismo yanqui,
principal mercado de consumo mundial y destino de la mayor parte de la
producción del país. En EE.UU. hay aproximadamente 30 millones
de adictos a las drogas (un octavo de la población total). Si le
sumamos los consumidores que no alcanzan el carácter de tales,
tenemos una cifra mayor a los 34.700.000 que habitan Colombia. A nivel
mundial, en 1997 los consumidores de estupefacientes representaban aproximadamente
un 4,1% de la población mundial (235 millones de personas). Este
fabuloso negocio mueve cientos de miles de millones de dólares.
Según los expertos, el grueso de las ganancias, más del
90%, se las embolsan los grandes narcotraficantes y sus socios en el mundo
de las finanzas. Y el centro de esos peces gordos es, por supuesto, EE.UU.
Las vinculaciones del narcotráfico con otras actividades, como
el turismo, los negocios inmobiliarios, las empresas financieras fantasma,
el contrabando de armas, etcétera, son secretos a voces. La Unión
Europea viene insistiendo en que las grandes tabaqueras yanquis Reynolds
y Philip Morris, al facilitar el contrabando de sus marcas a Italia y
España, habilitan el blanqueo de dinero del narcotráfico
en negocios con varios clientes de Colombia (El País, 8/11/00).
La cruzada contra las drogas que adelanta en América Latina el
gobierno de los EE.UU. es un operativo con objetivos económicos,
políticos y militares que nada tiene ver con una preocupación
humana o sanitaria por los daños que acarrea el consumo de cocaína,
heroína u otras drogas. Su guerra sin cuartel a los narcos colombianos
es una pelea por quién controla y se beneficia de ese fabuloso
negocio.
La más grosera prueba de que EE.UU. no tiene la menor preocupación
por los adictos fue el descubrimiento del operativo de la CIA que vendía
crack en los barrios marginales de Los Angeles y otras ciudades para financiar
la compra de armas para los contras antisandinistas. Mientras se siga
desarrollando la crisis crónica de la economía capitalista
imperialista, y la recesión de las economías de la inmensa
mayoría de los países semicoloniales, se van a seguir produciendo
hojas de coca, marihuana, amapola, y se van a seguir consumiendo masivamente,
con relativa independencia de su legalidad o ilegalidad.
Tal como ocurrió con la "ley seca" contra el alcohol
en EE.UU. en la década del '20, la ilegalidad no resuelve -por
el contrario, los agrava- los problemas del consumo, y engendra un creciente
movimiento mafioso y violento. Por eso, dentro de las filas del propio
imperialismo surgen voces, como el premio Nobel de Economía Milton
Fridman o la revista británica The Economist, que propician la
legalización.
Los países latinoamericanos y asiáticos productores de marihuana,
coca y amapola deberían legalizar su cultivo y comercialización.
Los problemas actuales vinculados a la droga provienen casi por completo
de la ilegalidad.
Si se legalizan, la producción y el mercado estarían sujetos
a las regulaciones de los países productores y consumidores: se
percibirían impuestos y obligaciones, los consumidores tendrían
mucho mejor información sobre los productos y se ahorraría
el alto costo económico, social y político de la prohibición
y la represión. La legalización le quitaría fuerza
al pretexto que usa ahora EE.UU. para intervenir en los países
productores.
La legalización tendría que estar íntimamente ligada
a una política para incrementar la investigación y el uso
medicinal de estas drogas y a que el Estado asuma el tratamiento de los
drogadictos, como cuestión de salud pública.
La adicción a las drogas, anfetaminas y enervantes es una de las
lacras que produce el sistema capitalista-imperialista en su fase decadente.
La legalización sería una salida transitoria, ya que sólo
una sociedad socialista podría erradicar de raíz estos males.
Estar por la legalización no significa estar de acuerdo o recomendar
el consumo de marihuana, cocaína o heroína. Siendo legal
o ilegal, no recomendaríamos a ningún trabajador, campesino,
estudiante o intelectual que consuma drogas. De la misma manera que no
recomendamos a nadie -mucho menos a los trabajadores- que consuman alcohol
o tabaco, o a los deportistas estimulantes. La legalización permitiría
ubicar el tema de las drogas en su problemática y consecuencias
humanas y sociales, separándolo de la represión y del suculento
negocio que significa hoy para las grandes mafias y el imperialismo.
Palestina
La nueva Intifada
Por Carmen Carrasco
Las imágenes de un niño de doce años acribillado
por las balas fascistas de Israel, mientras su padre trataba de protegerlo,
se han convertido en el símbolo de la nueva Intifada palestina.
Esta rebelión ha llevado a la tumba las negociaciones de paz iniciadas
hace siete años en Oslo, propinando un duro golpe al imperialismo
y a su enclave Israel, mostrando que los jóvenes palestinos están
cada vez más decididos a no parar hasta expulsar totalmente de
sus tierras al ocupante sionista. En estos momentos, en que la agresión
sionista se agudiza contra la Intifada, desde la UIT-CI llamamos a las
comunidades árabes y a todas las organizaciones políticas,
sindicales, estudiantiles, de derechos humanos en el mundo entero a impulsar
movilizaciones masivas y unitarias en solidaridad con el pueblo palestino
y de repudio al genocidio sionista-imperialista.
Se enciende el polvorín
El 28 de septiembre, el odiado general Ariel Sharon, que en 1982 comandó
la masacre de los campos de refugiados de Sabra y Shatila, se paseó
por la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén, el tercer lugar
sagrado del Islam, en una abierta provocación a la población
árabe y musulmana, acompañado por más de mil soldados
del ejército israelí. Al día siguiente las tropas
israelíes abrieron fuego asesinando a cinco jóvenes palestinos
armados con piedras que protestaban contra la provocación de Sharon
en la Explanada de las Mezquitas.
Esto fue suficiente para prender fuego en los territorios ocupados de
Gaza y Cisjordania, adentro de Israel y en todo el mundo árabe.
En las ciudades de Gaza y Cisjordania, los "chebab" (jóvenes),
de menos de quince años, salieron a enfrentarse con las tropas
del ocupante. Por primera vez en medio siglo, el conflicto ingresó
adentro de las fronteras israelíes, donde el millón de árabes
israelíes, que representan un 20% de la población, declararon
una huelga general en solidaridad con sus hermanos palestinos, atacando
al ocupante en sus entrañas.
El ejército sionista respondió con las mejores armas del
arsenal fascista: casi doscientos muertos en un mes de enfrentamientos.
Los soldados israelíes disparan a matar contra jóvenes armados
de piedras, usan misiles desde helicópteros, bombardean las poblaciones
palestinas. Los colonos judíos, armados hasta los dientes, atacan
a los palestinos desde sus asentamientos, pedazos de tierra arrancados
a la fuerza, enclavados como minas enemigas en los territorios ocupados.
El ejército fascista cerró los pasos con Gaza y Cisjordania
dejando a casi tres millones de palestinos en una prisión al aire
libre. En la vieja ciudad de Hebrón, donde viven 100.000 palestinos,
y hay un asentamiento de 200 judíos, se decretó el toque
de queda de 24 horas para los palestinos, que no podían salir de
sus casas salvo en algunas horas determinadas, mientras los 200 judíos
armados podían salir en cualquier momento. 110.000 palestinos que
trabajan en Israel quedaron sin empleo.
Pero en lugar de amedrentar a los jóvenes palestinos, la represión
provocó su radicalización y la generalización del
descontento en todo el mundo árabe.
Como reguero de pólvora
El insulto de Sharon y la respuesta fascista de Israel provocaron un estallido
de indignación en el mundo árabe. El imperialismo ha recibido
un duro golpe, pues el pueblo árabe se ha recuperado de la derrota
sufrida durante la guerra contra Irak en 1990, y se ha unificado de nuevo
contra el enemigo sionista luego de diez años de división
provocados por la guerra.
Como hace diez años, en todas las ciudades árabes estallaron
las protestas. En Yemen cientos de miles marcharon por la capital obligando
al presidente yemenita a pedir la apertura de las fronteras árabes
para permitir el envío de armas y combatientes al pueblo palestino.
En Egipto, Jordania y Siria se realizaron manifestaciones estudiantiles
y populares frente a las embajadas de Estados Unidos. Washington debió
cerrar sus embajadas en 13 países del Medio Oriente por varios
días. En los Estados del Golfo, incluyendo Arabia Saudita, donde
cualquier expresión popular es muy ocasional, miles de musulmanes
desfilaron por las calles para denunciar la profanación de los
lugares santos y su solidaridad con los palestinos. En Irán, las
manifestaciones contra Israel son cosa de todos los días. En la
lejana Yakarta (Indonesia) los estudiantes quemaron banderas israelíes
y norteamericanas.
La Liga Arabe, que desde hace diez años estaba prácticamente
disuelta, se volvió a reunir, y aunque no tomó ninguna medida
efectiva contra Israel, se pronunció unánimemente en apoyo
del pueblo palestino.
Hasta los gobernantes más reaccionarios y proimperialistas, como
el príncipe heredero Abdallah de Arabia Saudita, emitieron duras
declaraciones de condena.
En Europa, las comunidades árabes realizaron manifestaciones en
casi todas las capitales.
Esta nueva Intifada parte de un nivel superior a la de 1987, cuando por
primera vez los refugiados palestinos salieron a las calles a enfrentar
con las piedras en la mano al ocupante. Esta vez, los palestinos cuentan
con territorios de donde ya han expulsado al invasor sionista , y se inspiran
en el enorme triunfo de sus hermanos libaneses, que provocaron la primera
derrota militar a las tropas israelíes en su historia.
De la Intifada de 1987 a la nueva Intifada
La resistencia palestina no ha parado desde que Israel ocupó a
sangre y fuego sus tierras hace medio siglo condenando a la población
árabe a vivir en campos de refugiados diseminados a lo largo de
su frontera. Los palestinos combatieron heroicamente los pogroms y masacres
del invasor, pero por culpa de las políticas capituladoras de los
jeques y reyezuelos de los países árabes, Israel continuó
avanzando, ocupando Gaza y Cisjordania en 1967 e invadiendo el Líbano
en 1982.
A partir de 1987, cuando la resistencia palestina se convirtió
en insurrección, Israel empezó por primera vez a retroceder.
La Intifada, o "guerra de las piedras", duró seis años.
Los campos de refugiados se incendiaron, poniendo en jaque al ocupante
sionista, que nunca sintió tan cerca el aliento del enemigo.
A ello se sumó una gran movilización regional contra el
invasor sionista y el imperialismo, cuyo pico fue la ocupación
de Kuwait por Irak.
Irak fue derrotado, provocando una gran desilusión, que fue utilizada
por el imperialismo e Israel para tratar de regular de una vez y para
siempre "la cuestión palestina". Fue así como
nacieron las negociaciones que llevaron a los acuerdos de Oslo en 1993,
poniendo fin a seis años de Intifada.
La gran traición
Los acuerdos de Oslo de 1993 llevaron a la práctica la política
de los "dos Estados", propiciada por el líder de la Organización
para la Liberación Palestina (OLP) Yasser Arafat con el apoyo del
imperialismo y las direcciones socialdemócratas y stalinistas,
consistente en legalizar la ocupación israelí otorgando
apenas un pedazo de tierra a los palestinos, con una soberanía
retaceada, bajo la vigilancia sionista e imperialista.
Según el acuerdo, los palestinos obtenían una pequeña
y limitada autonomía sobre una franja de los territorios ocupados
en 1967. Si bien Israel se vio obligada a reconocer, por primera vez en
su historia, a la Organización para la Liberación Palestina,
OLP, como legítimo representante del pueblo palestino, y a conceder
una autonomía a cuentagotas, esto fue al precio de una enorme capitulación
de Arafat: aceptar la existencia del Estado de Israel, dándole
legalidad a este enclave artificial creado por el imperialismo contra
el pueblo árabe, traicionando los intereses del pueblo palestino,
y abandonando el programa histórico de la OLP que llamaba a luchar
por la destrucción de Israel y la creación de una Palestina
laica, democrática y no racista .
Los acuerdos estipularon una autonomía palestina de cinco años,
primero sobre Gaza y Jericó. En julio de 1994, Arafat volvió
a tierra palestina luego de 20 años de exilio y formó en
Gaza una estructura autónoma, la Autoridad Nacional Palestina,
dotada de un gobierno.
Esta autonomía se extendió en 1995 a Cisjordania, que se
dividió en tres zonas distintas: la zona A de control palestino
total, la zona B de control mixto y la zona C de control israelí
total.
Desde el punto de vista del territorio liberado a los ocupantes sionistas,
en marzo del 2000 la situación en Cisjordania era así: zona
A: 18% (palestina), zona B: 22% (mixta), zona C: 60% (israelí).
De haberse concluido el proceso negociador, Arafat apenas dispondría
del control del 20% de la Palestina histórica.
Agujereada como queso Gruyere, la nueva autonomía entró
en vigencia, minada desde dentro por la existencia de numerosos asentamientos
judíos. En el curso de cinco años se debían regular
temas clave, como el retorno de los refugiados palestinos desplazados
por la guerra de ocupación de 1948 y por las guerras posteriores;
el desmonte de los asentamientos judíos en los territorios ocupados,
y la soberanía sobre Jerusalén, cuya parte occidental fue
ocupada por Israel en 1948, pero que ningún estado del mundo reconoció,
y cuya parte oriental fue luego ocupada en 1967. El ejército israelí
se reservaba el control de la seguridad y las fronteras, reduciendo la
autonomía del nuevo Estado a la nada.
Como dice Eduard Saib, un intelectual palestino profesor de la Universidad
de Columbia en Estados Unidos, "Oslo estaba pensado para dividir
a los palestinos en enclaves no contiguos, rodeados de fronteras controladas
por los israelíes, con asentamientos y carreteras entre asentamientos
salpicando, y fundamentalmente violando, la integridad de los territorios,
con la prosecución inexorable de expropiaciones y demoliciones
de casas durante los gobiernos de Rabin, Peres, Netanayahu y Barak, la
expansión y multiplicación de los asentamientos (200.000
judíos israelíes añadidos a Jerusalén, 200.000
más en Gaza y en Cisjordania), la continuación de la ocupación
militar y la obstaculización, el retraso y la cancelación
de cada diminuto paso hacia la soberanía Palestina -incluidos los
acuerdos de retirada en fases minúsculas y acordadas- a voluntad
de Israel. La Jerusalén Este ocupada fue declarada fuera de las
fronteras palestinas mediante una belicosa campaña israelí
en la que se proclamó a la incurablemente dividida ciudad "capital
eterna e indivisa de Israel". A los cuatro millones de refugiados
palestinos - la población refugiada más amplia y la que
lleva más tiempo en esta situación hoy en el mundo- se les
dijo que podían olvidarse de cualquier idea de retorno o compensación"
.
La esencia de Oslo: el desarme de los palestinos
El centro de los acuerdos fue el desarme de las organizaciones armadas
palestinas y la creación de una fuerza de policía para impedir
todo ataque contra Israel desde las zonas palestinas.
Durante décadas de guerra larvada o abierta contra Israel se constituyó
la Organización para la Liberación Palestina, OLP, que representa
a las organizaciones palestinas en guerra contra el ocupante sionista
(Ver artículo). La tarea sucia encargada a Arafat consistía
en desarmar las distintas organizaciones armadas de la OLP.
Aplicando este compromiso, se constituyó una policía bajo
la responsabilidad directa de Arafat, sometiendo a la nueva disciplina
a los combatientes de la OLP.
El acuerdo de Wye River, firmado en octubre de 1998, estipuló entregar
una pizca más de territorios a los palestinos a cambio de una represión
creciente por la policía palestina a los movimientos hostiles,
con la CIA supervisando el "plan de lucha contra el terrorismo".
Es tan humillante el acuerdo que la Autoridad palestina se compromete
¡a entregar la lista de sus policías a Israel! (Cuadro 2).
En cumplimiento de estos acuerdos, la Autoridad palestina encarceló
a los dirigentes y a centenares de activistas de los movimientos islámicos
Hamas y Jihad.
"La paz nos ha traicionado"
Los acuerdos de Oslo generaron grandes expectativas, pues el pueblo árabe
venía de la derrota de Irak, en la que los palestinos habían
puesto todas sus esperanzas. Pero los acuerdos no trajeron ninguna mejora
en las condiciones de vida del pueblo palestino, pues su objetivo no era
ése, sino legalizar la dominación israelí.
Los asentamientos de colonos israelíes en Gaza y Cisjordania no
sólo no se redujeron sino que pasaron de 122 a 141 entre 1993 y
el 2000, mientras que el número de colonos se duplicó, pasando
de cien a doscientos mil desde 1993. A ello se suman las anexiones, las
demoliciones y las nuevas medidas de seguridad tomadas por Israel para
sellar los territorios, incrementando los controles, estableciendo nuevos
filtros para los trabajadores palestinos que trabajan en Israel, incrementando
la desesperación y la miseria en los territorios ocupados (Ver
Cuadro 3).
Por ello, siete años después, el ambiente entre la población
palestina había cambiado radicalmente. "La paz nos ha traicionado",
dijo un joven al diario francés Liberation, al lado del cadáver
de su hermano menor, de 13 años. "Esperamos, esperamos, esperamos.
Nada cambió. Palestina sigue ocupada, los colonos continúan
en nuestras tierras, los judíos nunca cumplieron su palabra. Hay
que relanzar la Intifada, a cualquier precio. Solo que esta vez no nos
detendremos sino cuando nuestro enemigo haya sido derrotado y los lugares
santos de Jerusalén liberados" .
La nueva Intifada estalló, entonces, no para que se cumpla con
Oslo, sino para romperlo y continuar la lucha por la expulsión
del ocupante sionista.
Las circunstancias de 1993 también cambiaron. La situación
ya no era igual al abatimiento posterior a la derrota de Irak. La expulsión
de Israel del sur del Líbano, a manos de la organización
islámica Hezbollah, que se concretó en mayo de este año,
luego de 18 años de ocupación militar, dio un nuevo impulso
a la lucha de los palestinos contra el ocupante.
Como dice la revista inglesa The Economist, "el ejemplo de Hezbollah,
el movimiento de resistencia en el Líbano, parece ser una alternativa
muy atractiva. ¿Por qué, se preguntan los palestinos, no
podemos lograr los mismos éxitos que el Hezbollah, que expulsó
a Israel del Líbano?" .
Un abogado entrevistado por Le Monde, dice: "No soy de los que aman
bailar en un volcán, pero no tenemos otra alternativa que el enfrentamiento.
Quiero que este movimiento sea irreversible. Esta falsa paz no lleva a
nada sino a un apartheid sobre nuestra tierra del cual somos las víctimas.
La Intifada nos enseñó una cosa: las armas, el dominio en
el cual los israelíes nos sobrepasan, no funcionan siempre. Si
los problemas continúan, ellos tienen que saber que el sur del
Líbano será un paraíso al lado de lo que vivirán
aquí" .
Líbano: el Vietnam de Israel
La orden de retirarse del Líbano luego de 18 años de ocupación
no fue producto de un plan deliberado. Fue el resultado de la primera
derrota militar de Israel en su historia. Los soldados se retiraron en
desorden, abandonando su costoso armamento detrás, y dejando librado
a su suerte al Ejército del Sur del Líbano, un ejército
montado por Israel para proteger su frontera norte, que se desplomó
apenas las fuerzas sionistas huyeron.
Esta derrota militar fue producto de la resistencia del pueblo libanés
y de los grandes cambios que vienen ocurriendo dentro de la sociedad israelí.
Como escribió el principal analista del diario israelí Yediot
Ahranot el 5 de marzo: "El cambio central tuvo lugar del lado israelí,
pues los israelíes no querían seguir pagando la cuota anual
de muertos. Había unanimidad masiva, desde Ariel Sharon hasta los
diputados árabes, todos gritaban: debemos retirarnos
No salimos
del Líbano por las promesas electorales de Barak, sino por el baño
de sangre. Unos cientos de combatientes de Hezbollah han derrotado al
fuerte y poderoso ejército israelí. Lo derrotaron en la
más importante de las batallas: la del frente interno. Sólo
podemos esperar que la victoria de Hezbollah no empuje a los palestinos
y a los sirios a deducir que pueden conseguir sus objetivos por la fuerza".
Una encuesta lanzada por Yediot Ahranot el 27 de mayo sobre la retirada
demostró que un 72% de la población estaba a favor.
A la derrota militar en el Líbano se sumó el desencanto
de la población israelí con las promesas de paz de Oslo,
pues mientras firmaban la paz, los sucesivos gobiernos continuaron la
ocupación de Palestina, agudizando el enfrentamiento. En siete
años de negociaciones murieron 385 civiles y 23 policías
palestinos, pero también 171 civiles y 92 soldados israelíes
.
La población israelí, cansada de vivir en estado de guerra,
le dio la espalda al gobierno del derechista Benyamin Netanyahu, del Likud.
En 1999 el laborista Ehud Barak ganó las elecciones prometiendo
la paz con los palestinos, pero el fracaso de las negociaciones de paz
provocó la crisis del gobierno de Barak que perdió la mayoría
parlamentaria.
Parte decisiva en la crisis del laborismo es la pérdida del apoyo
de los árabes israelíes, un 20% de la población,
que eran tradicionales votantes del laborismo .
A ello se suma el descontento en las filas del ejército, donde
crece el movimiento de los "objetores de conciencia", con soldados
que se niegan a combatir en los territorios ocupados. "Esta no es
tu guerra", dicen los volantes que se reparten en los cuarteles,
especialmente entre los soldados que sirven en Cisjordania, mientras que
crecen los militantes pacifistas que reparten volantes en las ciudades
israelíes entre los jóvenes reclutas.
La agudización del enfrentamiento provoca una polarización
cada vez mayor de la sociedad israelí entre la mayoría que
busca alguna forma de concluir el enfrentamiento y una minoría
fascista, que tiene a los colonos como punta de lanza, que ha reiniciado
sus pogroms contra la población palestina.
El fracaso de Camp David
En esta situación se llegó a la Cumbre de Camp David, realizada
en Julio de este año en Estados Unidos, bajo el auspicio de Bill
Clinton, entre Barak y Arafat, que debía poner punto final a las
disputas acumuladas luego de siete años de negociaciones.
El objetivo de Israel y de EEUU era lograr una nueva capitulación
de Arafat, como en Oslo en 1993: que renunciara de una vez y para siempre
a luchar por el 80% de la Palestina histórica. Pero las masas palestinas
ya habían hecho la experiencia con esta autonomía, y la
Cumbre fracasó sin llegar a ningún acuerdo.
Israel no sólo no aceptó el retorno de una parte de los
refugiados, ni el desmonte de los asentamientos judíos en territorio
palestino, sino que propuso la anexión de un 13% de Cisjordania,
donde se encuentra lo esencial de sus colonias, y sólo aceptó
otorgar autonomía a unos barrios de Jerusalén, manteniendo
el control sobre la misma.
Arafat, que estaba dispuesto a reconocer por primera vez en medio siglo
la soberanía israelí sobre el resto de Jerusalén,
no pudo hacerlo, pues la presión acumulada entre los palestinos
no le permitió hacer la más mínima concesión
.
Al terminar la Cumbre, Arafat explicó las razones por las cuales
no podía firmar. Ante la insistencia de Clinton, le respondió:
"Señor, ¿usted quiere asistir a mi funeral?"
"Díganle a Arafat y a Barak que las negociaciones han muerto
bajo la fuerza de nuestras piedras", fue el mensaje que un joven
palestino dirigió por televisión a Arafat. Oslo había
muerto.
El desborde
Arafat es un dirigente nacionalista pequeño burgués, cuyos
lazos con las burguesías árabes lo han llevado al acuerdo
con el imperialismo y con Israel, pero que ahora ha sido desbordado por
la movilización. Carga sobre sus espaldas el fracaso de siete años
de negociaciones en las que, a pesar de todas las concesiones realizadas,
el pueblo palestino vive cada vez peor.
El principal problema es que Arafat fracasó en la tarea clave que
le impusieron el imperialismo e Israel: desarmar a las distintas fracciones
de la resistencia palestina.
Si bien encarceló a los dirigentes de los movimientos islámicos
Jihad y Hamas, Arafat no pudo ni siquiera desarmar a su propio partido,
al Fatah, la organización nacionalista que conduce la OLP desde
1968. Son los miembros de Tanzim, el ala armada de Fatah, los principales
protagonistas de la Intifada actual .
Como dice Gilles París de Le Monde, se trata de la ruptura "entre
dos Palestinas", la del interior y la del exterior, la de la Intifada
y la de la OLP en el exilio. Al establecerse la OLP en los territorios
ocupados, los dirigentes de la primera Intifada, que con sus piedras hicieron
retroceder a Israel, debieron someterse a la autoridad de Arafat, viéndose
relegados a las funciones más bajas.
De esta manera, se fue abriendo una fosa en el propio Fatah: por un lado
un "Fatah local, a tono con la revuelta popular, y por otro lado,
una Autoridad atrapada entre la presión de la calle y la de la
diplomacia, por la cual terminó optando" .
La primera fila en los combates contra Israel la constituyen los "chebab",
niños-adolescentes de menos de quince años, que diariamente
salen a las calles a enfrentarse con el ejército ocupante, que
pertenecen en su mayoría al Tanzim .
La organización de la Intifada está a cargo de un "Comité
de fuerzas nacionales e islámicas", que agrupa a todas las
organizaciones palestinas y que coordina las actividades diarias.
Tanzim está dirigido por Marwan Barghouti (41) en Cisjordania y
por Maher Helis en Gaza, dirigentes destacados de la primera Intifada.
Barghouti estuvo cuatro años en las cárceles israelíes,
y luego fue marginado por Arafat, como muchos otros, para imponer los
acuerdos de Oslo.
Según el diario francés Liberation, "los especialistas
estiman que Barghouti tiene hoy su propia autonomía, que conduce
su propia política". Una fuente citada por el diario dice
que "los miembros del Tanzim están bajo el control de los
comandantes de la organización. De ellos reciben sus órdenes
y no de Yasser Arafat o de responsables de la Autoridad palestina"
.
Las tropas de Tanzim, formadas por hombres de 18 a 35 años, están
organizadas en brigadas y presentes en cada campo de refugiados, cada
pueblo, cada barrio. Su formación está a cargo de una unidad
de viejos guerrilleros, los "Tigres Negros". "Podrían
ser la columna vertebral de una resistencia popular que combina manifestaciones
de masas y acciones armadas dirigidas", concluye Liberation .
Que Arafat ha perdido buena parte del control sobre el brazo armado de
su organización es algo que ya nadie niega. "En los ojos de
Tanzim, Arafat aparece más como un ícono que como un jefe
operacional", dice Bilal Chafi, un profesor de la Universidad de
Nablus .
La radicalización de la lucha contra Israel y el triunfo militar
de Hezbollah en el Líbano han conducido a un fortalecimiento de
los movimientos islámicos, como Hamás, el hermano palestino
de Hezbollah, y Jihad. La primera oleada de la Intifada actual condujo
a la liberación de los dirigentes islámicos de Jihad y de
Hamas detenidos en las cárceles palestinas. Estos movimientos,
en octubre, realizaron una reunión en Beirut rechazando los acuerdos
de Oslo.
Por la destrucción del Estado de Israel!
¡Por una Palestina laica, democrática y no racista!
El fracaso de Oslo es el fracaso de la política de los "dos
Estados", que fuera vista como panacea por muchos sectores de izquierda,
e incluso trotskistas, obnubilados por la propaganda sionista.
Los últimos siete años demostraron la inviabilidad de construir
dos estados que vivan en paz, uno judío y otro palestino, pues
la única manera de imponer dos estados es sometiendo para siempre
al pueblo palestino a vivir en un apartheid, en un estado controlado económica
y militarmente por Israel.
Los palestinos jamás se resignarán a la suerte de ser parias
en su propia tierra, y el pueblo y los trabajadores israelíes jamás
encontrarán la paz, porque no se puede ser libre sometiendo a otro
pueblo y porque la lucha palestina continuará hasta terminar con
la ocupación, como lo está demostrando la actual Intifada
.
Sólo puede haber paz en Medio Oriente cuando esa violencia cese,
cuando los refugiados palestinos puedan volver a sus tierras, estableciendo
su Estado, donde convivan libremente musulmanes, judíos o cristianos.
La política del imperialismo ante la crisis actual es buscar a
toda costa una negociación con Arafat, pues una ofensiva militar
israelí en los territorios autónomos puede desencadenar
una insurrección que abarque a todo el mundo árabe.
Sin embargo, la situación se les está yendo de las manos.
Hay cada vez más enfrentamientos entre los colonos israelíes
y los palestinos y cada vez más ataques de las fuerzas israelíes.
El ala más radical del sionismo presiona al gobierno de Barak para
que se proceda a la separación física de los dos pueblos
y se cree en el valle del Jordán una zona de seguridad para Israel,
anexionando grupos compactos de asentamientos y asegurándose el
control de todo Jerusalén. Funcionarios de inteligencia israelíes
consideran la posibilidad de que se desemboque en una guerra regional.
Mientras tanto, la Intifada no cede. Las masas presionan cada vez más
a Arafat y los dirigentes árabes para librar una guerra sin cuartel
contra los israelíes.
Ya nada será como antes. La tarea actual es continuar la Intifada
hasta expulsar a Israel de los territorios ocupados en 1967, como paso
para expulsarlo de todo el territorio palestino ocupado en 1947-48.
Hay que exigir a los gobiernos de los países árabes que
rompan relaciones con Israel, boicoteen sus productos, canjeen el petróleo
por armas para los palestinos y abran sus fronteras para que todos los
que quieran ir a pelear como voluntarios lo puedan hacer.
También hay que oponerse con todas las fuerzas a la propuesta de
Arafat de que intervenga una fuerza de paz de las Naciones Unidas para
frenar el conflicto, pues, como ya se ha demostrado en Timor y en Kosovo,
la intervención de la ONU será una intervención contra
la Intifada palestina, para impedir que ésta logre su objetivo.
Por último, hay que exigir a Arafat que rompa las negociaciones.
La única manera de conseguir el retiro total e incondicional de
los israelíes de Gaza, Cisjordania y Jerusalén, el retorno
de los refugiados y la liberación de los detenidos, como paso para
destruir el Estado de Israel y expulsar al imperialismo, es continuar
con la Intifada, retomando la consigna de la OLP, abandonada por Arafat:
una Palestina laica, democrática y no racista en todo el territorio
de Palestina.
El sionismo e Israel
Miguel Lamas
El movimiento sionista nace en 1897, fundado por Teodoro Herzl, estrechamente
ligado a los imperialismos europeos en su momento de gran expansión.
En esa época el inglés Cecil Rhodes y otros aventureros
de similar calaña creaban colonias con inmigrantes blancos en Africa
ocupada por tropas imperialistas, asesinando o expulsando a la población
nativa de los lugares más fértiles o con riquezas mineras.
Esos inmigrantes, casi siempre de origen campesino o desocupados urbanos,
desempeñaron el papel de carne de cañón para someter
a las poblaciones nativas y robar las riquezas naturales. Según
la ideología imperialista se trataba simplemente de ocupar y "civilizar"
territorios que estaban "deshabitados" o "en manos de salvajes".
Con esa misma ideología Teodoro Herzl propuso colonizar Palestina
con judíos de Europa. El hecho de que ese país estuviera
habitado por árabes integrantes de una antigua y rica civilización,
no cambiaba nada para la mentalidad imperialista. Llegaron a decir, en
un rapto de inspiración propagandística, que era "una
tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra". Palestina tenía
un 93% de población árabe musulmana y una minoría
de judíos árabes que habían convivido pacíficamente
durante más de mil años. Ni bajo el imperio turco, ni bajo
el anterior imperio árabe hubo persecuciones contra los judíos
que desempeñaban un importante papel comercial y cultural.
Para lograr su objetivo Herzl negoció primero con el Kaiser alemán,
después con el Sultán turco, con el zar ruso y finalmente
con el imperialismo británico.
La colonización
La hora del sionismo llega después de la Primera Guerra Mundial
y la desmembración del imperio turco, del cual dependía
Palestina. Los ingleses burlan las promesas de independencia que habían
hecho a los árabes y se reparten con los franceses el Medio Oriente.
En 1920 la Sociedad de las Naciones (antecesora de la ONU) le otorga a
Gran Bretaña el "mandato" sobre Palestina. Así,
de la mano del imperialismo inglés comienza la colonización
masiva de judíos europeos en Palestina atropellando los derechos
de los habitantes de ese antiguo país, robándoles sus tierras.
La resistencia árabe culmina en 1936 con una huelga general que
duró 6 meses y continuó en insurrección armada. Los
ingleses mandaron una poderosa fuerza, la mitad de todos los efectivos
del imperio, que masacró a los palestinos, abriendo el camino para
su expulsión.
Israel
En 1948, con la bendición de Estados Unidos y la URSS de Stalin,
se funda el Estado de Israel. El genocidio nazi en Europa había
facilitado la propaganda sionista prometiendo un "hogar judío".
La fundación de Israel es precedida por una gigantesca "limpieza
étnica". El líder sionista Weitz, director del Departamento
de Colonización anotaba en su Diario en 1940: "La única
solución es una Palestina, o al menos una Palestina Occidental
(al oeste del río Jordán) sin árabes... Y no hay
otro camino que transferir a todos los árabes desde aquí
a los países vecinos, transferirlos a todos: ni una aldea, ni una
tribu deben quedar". Este programa digno de Hitler, fue realizado
con métodos nazis: el terrorismo masivo. Aldeas completas fueron
exterminadas, incluyendo mujeres, niños y ancianos, como por ejemplo
la de Deir Yassin. El Irgun, organización paramilitar comandada
por Menachen Begin, tuvo a cargo gran parte de la masacre. Así
logran el éxodo masivo de más de un millón de palestinos
y fundan Israel.
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